El dinero y la felicidad

21 julio 2010

Uno de los grandes tópicos teológicos y filosóficos es aquel que discute la relación que existe entre  la generación de riqueza con el logro de la felicidad y la santidad.

En el mismo evangelio podemos leer que Jesucristo dice que “será más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”. ¡Muy fuerte! ¿No lo creen?

¿Esto debería de implicar que renunciemos a toda posibilidad de generar riqueza? ¿Esto quiere decir que ser rico es malo y ser pobre es bueno? ¿Quien logra amasar grandes fortunas está condenado al infierno?

Lamentablemente muchas de las respuestas a estas preguntas suelen tener más un tinte medievalista que realista. El marxismo, por ejemplo, es una de esas terribles consecuencias producto de una radicalización en la interpretación de estos mensajes.

Analicemos un poco más a fondo la relación del dinero con la felicidad.

En su libro “La nueva felicidad. Lecciones de una nueva ciencia” el autor Richard Layard demuestra cómo el dinero sólo produce verdadera satisfacción y emoción cuando, al obtenerse, le permitirle a la persona salir inmediatamente de la pobreza. En cambio, cuando esta misma riqueza es generada por alguien que ya goza de cierta comodidad financiera, el grado de satisfacción obtenida es significativamente menor. En pocas palabras, el dinero solo produce felicidad  cuando este sirve para transformar radicalmente la calidad de vida de la persona que lo genera. Después de este punto, esta felicidad empieza a verse disminuida.

Si uno tiene la oportunidad de volverse rico, llegará un punto en que la generación de más y más riqueza ya no impactará significativamente en nuestra vida emocional, dado que el aumento en la calidad de vida que podemos seguir generando como consecuencia de esta obtención de riqueza ya no representará la oportunidad de alcanzar el estado de  bienestar mínimo indispensable para todo ser humano, sino simplemente el aumento de las posesiones materiales.

En este punto, en que el dinero ya no es un medio para obtener bienestar, sino simplemente para obtener bienes materiales, la relación dinero-felicidad deja de ser directamente  proporcional.

¿Cómo leer este esto?

Mientras el dinero esté al servicio de “El bien” en la persona, este producirá felicidad (satisfacción de estar en el camino correcto). Pero cuando este deja de cumplir dicha función (se puede llegara convertir en un problema para la felicidad).

¿Cómo entender entonces la relación Riqueza Económica – Felicidad? O más complejo aún, ¿con la santidad? ¿Pueden los ricos ser santos?

Desde luego que si. Recordemos que Jesus dijo que era “difícil” lograr la santidad de un rico, más no “imposible”.

Y como siempre resulta en el cristianismo, la clave está en “El Prójimo”.

El “Bien” al que nos referimos debe  de estar ligado la generación de riqueza es “El bien del prójimo”. Si acaso los seres humanos tenemos todo el derecho del mundo de poder usar nuestras capacidades y talentos para generar toda la riqueza que podamos de manera ética, no no es dado el derecho de hacer lo que queramos con ese dinero.

Si bien el camino de la riqueza puede resultar en más y mejores medios para sobrellevar la existencia en la tierra, también es un camino más propenso para perder el centro del alma.

Si por hacer más y más dinero, resulta que perdemos nuestro objetivo último que es “El Prójimo” entonces estaremos oscureciendo el alma a causa del dinero. Pero si por el otro lado, como consecuencia de hacernos de una gran fortuna, reconocemos que esta viene permitida por Dios y como tal respondemos ayudando a construir su Reino en la tierra con dicha fortuna, pues entonces puedo estar tranquilo de que mi camello si estará pasando por el ojo de la aguja.

En conclusión, no nos confundamos tanto. El secreto está en analizar que tanto la generación de riqueza nos acerca o nos aleja más de Dios a través del amor al prójimo. Punto.

Si el dinero te acerca más y más a Él, haz tanto dinero como puedas. Pero si el dinero te aleja del Creador de todo el universo, entonces más te vale que te vayas deshaciendo ahora mismo de tus monedas y billetes.

No somos poseedores de la riqueza en la tierra, simplemente administradores de la misma y como tal habremos de rendir cuentas sobre la manera en que la invertimos.  Y si no me crees, respóndeme a la siguiente pregunta… ¿Cuanto de ese dinero te podrás llevar a la otra vida? y en cambio ¿Cuantas almas beneficiadas abogarán por ti en el momento de rendir cuentas en la otra vida?

Así como para viajar al extranjero sueles necesitar de hacerte de dólares para tenerlos como moneda de cambio, en el cielo, la moneda de cambio solicitada se mide en “almas llevadas a Dios”.


Chile, Haití y… México.

6 marzo 2010

Son impresionantes las imágenes que hemos visto de la manera en que un terremoto devastó Haití. Apenas nos estábamos reponiendo de esa noticia cuando ahora la naturaleza nos obligó a dirigir la mirada a Chile. Edificios caídos, olas gigantescas inundando las playas, personas durmiendo en los jardines por temor a las réplicas del sismo, compras de pánico, militares cuidando las calles. ¡Vaya que esto no es nada agradable!

Con esto no dejo de recordar el terremoto que la ciudad de México sufrió en 1985, y que sentó un precedente social y cultural en nuestro país. No lo hemos olvidado ni lo podremos olvidar jamás.

Recuerdo que yo me preparaba para asistir al colegio cuando mi mamá se percató que la puerta del coche, que estaba abierta, se movía de una manera muy extraña. Inmediatamente dirigimos la mirada a las lámparas que colgaban del techo y ratificamos que el movimiento era producto de un sismo bastante potente que estaba tomando lugar  en ese momento. Nos pusimos debajo del marco de una puerta y esperamos, llenos de angustia, que el fenómeno terminara pronto. Cuando así sucedió, recuerdo que mi mamá nos dio a mi hermana y a mi una cucharada de azúcar para calmar los nervios. ya un poco más calmados en la familia, mi mamá nos llevó al colegio sin la menor idea de la magnitud de lo que había sucedido en otros puntos de la ciudad.

Al llegar a colegio, este nos recibió  sin ninguna objeción (tampoco habían valorado aún la magnitud del problema) y recuerdo que todo se reducía a rumores y anécdotas de lo que cada quien había sentido esa mañana. Como ere de esperarse, al irse conociendo minuto a minuto durante el día la gravedad del desastre provocado por el sismo, se dio el aviso de que el día siguiente no regresaríamos a clases hasta nuevo aviso.

A mi a a mis familiares no nos pasó nada, gracias a Dios, pero lamentablemente cientos de miles de mexicanos no pueden decir lo mismo. Aquel día el Señor llamó a 40,000 almas a su lado. Prácticamente todo la región aledaña al centro histórico de la ciudad se vino abajo.

Es ante estos momentos que se suele escuchar “¿Por qué Dios lo permitió?” o “¿Esto no es justo?“. Y en efecto… la justicia humana nunca lo podrá entender. Nuestro instinto de supervivencia nos lleva a proteger  y valorar la vida (ojalá  así fuera en todos los casos) y todo aquello que la pone en riesgo nos resulta inconcebible e injusto. Pero es en la oscuridad en donde mejor se percibe una luz, por muy pequeña que esta sea. Es en la tragedia en donde mejor se valora el heroísmo. Es en la enfermedad cuando más queremos buscar al médico y ¿no es acaso Jesús el mejor doctor del mundo?

Como siempre sucede gracias a la increíble adaptabilidad del ser humano, México salió adelante del sismo del ´85, como estoy seguro que Haití y Chile también lo harán.  Hoy, estas imágenes nos hacen recordar con dolor pero también con el alivio de que sí pudimos sobreponernos.

¿Cómo lo logramos? Por la gente, al final siempre es la gente, el amigo, el desconocido, el vecino o el familiar… Al final es el prójimo el que hace la diferencia. Eso aprendimos en 1985. No hay gobiernos que funcionen mejor que el amor del prójimo por el prójimo. Punto.

Quienes pusieron sus manos, aún sin ser expertos, para levantar escombros, quienes ofrecieron sus casas y alimentos para apoyar a los voluntarios, quienes organizaron los equipos de rescate, quienes cavaron entre los escombros con la esperanza de encontrar vidas… ellos hicieron la diferencia.

Elevo mis oraciones por Chile y por Haití. Dios está con ustedes… no lo duden.


Carta de recomendación

12 febrero 2010

El día en que me llegue el turno de tocar las puertas del cielo, me encantaría que cada una de las personas que conocí en la tierra me proporcionara una carta así…

(si no la pueden leer bien pueden dar click en ella para agrandar la imagen)

Claro… entiendo que me deberé de esforzar para tener dicha recomendación de su parte para entregárselas a Dios.


Mi conciencia no me deja

24 julio 2009

Hoy mientras manejaba de camino a mi trabajo, me he encontrado con una situación desfavorable de mi parte.

Repentinamente el coche que venia adelante del mio, se ha frenado bruscamente para dar vuelta a la izquierda y provocó que yo tuviera que dar un volantazo a la derecha para poder librarlo. Al hacer esto, igualmente de manera accidental, provoqué el descontrol de otro coche que venía en el otro carril al que me incorporé abruptamente. Este vehículo, afectado por mi movimiento, hizo sonar su claxon al mismo tiempo que hacía todo lo posible por volver a recuperar su posición delante de mi.

Una vez logrado su objetivo de ganarme el lugar delante de mi coche, en una visible agresión de su parte,  el conductor hizo un intento de freno repentino para provocar que yo me descontrolara también. Asustado por esta maniobra frené de imprevisto y casi choco con él. “¡¡¡¿Qué le pasa a este tipo?!!! ,¿Qué acaso no se percató que no fue mi culpa?”

Así que lleno de coraje, decidí acelerar mi coche para ponerme a su lado y hacer que me las pagara.

Una vez que logré colocar mi coche junto al suyo, el hombre bajó su ventanilla y me gritó enojado: “¡El coche se te metió a ti no a mi!” haciendo alución a que no tenía porque pagar las consecuencias de un problema ajeno.  Lleno de coraje, haciendo caso omiso de lo que me dijo, fingí haber notado que algo pasaba en su vehículo dirigiendo la mirada a su llanta delantera y al mismo tiempo que ponía cara de preocupación y le hacía expresiones de alerta, intentando hacerle creer que algo había sucedido en su coche. La persona se mostró sorprendido por mi reacción y de inmediato disminuyó la velocidad mostrando una cara de preocupación por la posible falla de su coche. Unos segundos después noté que se estaba orillando. Ja ja ja… dije yo. “¡Qué tonto es… cayó en el engaño! ” Y de inmediato aceleré para seguir con mi camino sintiendome orgulloso de haber vencido al rival.

Como podrán imaginar, pasó un poco de tiempo y mi aparente victoria se empezó a transformar en una total derrota interior. Como era de esperarse, mi conciencia se activó de inmediato diciéndome: “¡Que mal José Luis! ¡Fallaste! No tienes nada de que enorgullecerte. Sabes a la perfección que tu actitud no fue la correcta… No debió ser. ¡Cristo no hubiera reaccionado así!” No se gana cuando se vence al rival, sino cuando se vence a uno mismo, y yo me dejé ganar por mi coraje.

Mi conciencia tiene razón. Me equivoqué al fallar en el principio universal por excelencia: ama a tu prójimo como a ti mismo. Aunque hubiera existido una razón aparentemente convincente para hacerlo, a mi no me hubiera gustado que alguien me engañara y me tratara como yo lo hice con la persona del incidente.

A unas cuantas horas del suceso razono lo siguiente:

Si ya había logrado emparejar mi coche junto al del otro señor, y además él bajó su ventanilla para entablar un diálogo conmigo (agresivo si quieren, pero oportunidad de diálogo al fin) lo que me hubiera gustado hacer en lugar de lo que hice  es bajar mi ventana igualmente y… ¡Pedirle perdón! No hubiera importado si la culpa fue mía o de alguien más, pedirle un disculpa por la molestia causada sobreponiéndome a mi coraje hubiera sido lo correcto. Además, haciendo esto,  seguramente también hubiera logrado bajar su nivel de agresión y lo hubiera acercado a entender más mi situación.

Fallé. Punto.

No pude actuar como ahora, ya con calma, hubiera querido.

Lo único que me queda esperar es que mi mentira no le haya provocado a ese amigo un contratiempo mayor. Me siento mal por haber obrado mal.

Pero algo bueno obtengo de este incidente. Estoy contento de saber que mi conciencia está correctamente calibrada. Equivocarse es naturaleza humana, pero reconocer el error propio es consecuencia sólo de haber procurado formar bien la conciencia.

El arrepentimiento es una gracia que Dios concede… es decir, hay que pedirle a Dios que nos permita darnos cuenta del mal que hacemos. Nosotros no nos bastamos para ver lo que debemos de ver (ética), necesitamos ayuda. Así que es Dios, a través de nuestra conciencia, quien nos indica si hemos actuado de acuerdo a su voluntad o no. Así que, hacer caso omiso de lo que  dice tu conciencia (sobre todo a temprana edad) es comenzar a cerrar el medio por medio del cual Dios se vale para indicarnos el camino correcto. Es responsabilidad de cada hombre, cuidar y formar (dar mantenimiento dirían los ingenieros) el medio por el que Dios se comunica con nosotros.

Yo me equivoqué grávemente el día de hoy, ya que le fallé a mi prójimo (le fallé a Cristo). Desearía no haberme comportado como un patán. Sin embargo no me queda más que proponerme fervientemente no volver a dejarme llenar por la ira (un pecad capital) y agradecerle al Señor por habermen regañado.

Cristo, te ofrezco mi arrepentimiento a ti y, como estoy seguro que me lo pedirás cuando me confiese el próximo domingo, al señor del coche también.

Así que envío, aunque se un poco tarde, desde la ventanilla de mi conciencia la siguiente misiva:

“Querido amigo del coche de la mañana, donde quiera que estés… ¡mi más sinceras disculpas!”


Testimonio de grandeza espiritual

13 julio 2009

Hoy quiero transmitirles un testimonio que conozco de primera mano y que considero una de las experiencias más conmovedoras y vivificantes que me ha tocado presenciar. De igual manera busco ofrecerlo como una muestra de que somos nosotros los encargados de demostrar que Dios existe y no viceversa…  

Luis y Adriana son esposos y padres de unos hijo maravillosos. Como pareja son ejemplares y desde hace ya casi 10 años he tenido la oportunidad de estar ligado a ellos vía una amistad de principio profesional (Luis fue uno de mis mentores en la Universidad) y posteriormente espiritual.

Lo que caracteriza a la familia Alverde, a mi parecer, es su disponibilidad por dejarse llevar por lo que Dios les va presentando como pruebas en la vida. Y esto no lo digo por que sí, ya que basta entablar un dialogo con cualquiera de los dos para darse cuenta de que Dios los eligió bien para ponerlos en el camino de la fe.

Sin embargo lo inspirador de su testimonio es lo  que a continuación narro:

En septiembre del 2004, a la edad de 3 años, Alejandro, el segundo de tres hijos del matrimonio Alverde Castro fue ingresado al hospital para una operación programada de anginas y adenoides, misma que el doctor había recomendado realizarse en orden de ayudarle al pequeño a oxigenarse bien.  Tras esta intervención quirúrgica en la que todo parecía haber salido normal, Ale fue dado de alta para proseguir a sus respectivos cuidados y curaciones en casa.

Unos días más tarde, Luis y Adriana tienen que regresar de urgencias al hospital tras encontrar que Ale estaba teniendo una hemorragia bastante severa. Aunque en el hospital lograron estabilizarlo por unas horas, Ale no aguantó por mucho tiempo y unas horas después, producto de varios paros cardiacos, fue declarado con muerte cerebral. Aquel pequeñito que días antes había ingresado al hospital para una operación de rutina, como muchas que se practican en infantes de su edad, había regresado al mismo lugar para entregar su vida a Dios de manera definitiva.

Inmediatamente después de que Ale fue declarado con muerte cerebral, y con el dolor en el alma a todo lo que da, sus padres optaron por tomar la decisión que cambiaría el sentido de toda su vida a partir de ese momento. Un sacerdote, consejero espiritual de la familia, les acercó información sobre la donación de órganos y de cómo Alejandro, en su estado, era candidato ideal para ser donante.

Luis y Adriana, pidiendo a Dios toda la resignación que humanamente es posible,  aceptaron donar los órganos de su hijo despidiéndose de él  pues ya no volverían e ver nunca más, al menos físicamente.

En palabras de Adriana: “Realmente no se cuando dije va, por Dios que no sé, pero bendito Dios que lo dije, ahora lo reflexiono y estoy segura que Dios estaba ahí con nosotros y el me dijo que lo hiciera, era lo que él quería de mí”

Ya estando en la funeraria, en medio del máximo dolor que solo la pérdida de un hijo ocasiona, recibieron una llamada telefónica que les confirmó el plan magistral de Dios al respecto: “Felicidades Adriana, ya tienes seis hijos más”, y es que la donación de órganos de Ale trajo como consecuencia el que se pudiera salvar la vida de seis pequeños más. 

“Fue una vida por seis vidas, así de sencillo, y si hubiera sido mi hijo quien necesitaba ese órgano, yo lo hubiera agradecido siempre. La verdad, duele y duele mucho, la muerte de mi chaparro no se me va a quitar jamás porque lo extraño, pero le dio sentido a mi vida y ese dolor está haciendo que trate de ser una mejor madre, una mejor esposa y un mejor ser humano” declara Adriana.

Dice un conocido dicho: “Cuando pierdes a una madre o a un padre, te llaman huérfano, cuando pierdes a un esposo o esposa, te vuelves viudo, pero cuando pierdes a un hijo, eso…. eso no tiene nombre”. Lo que Adriana y Luis sintieron al entregar a su hijo a Dios, solo ellos y el mismo Dios lo conocen, sin embargo  la respuesta de vida que le ofrecieron al mundo tras esta experiencia es de muchos admirada y reconocida.

A raíz de la muerte del pequeño Ale, Adriana pudo darse cuenta de lo carente y mal organizado que es el sistema de donación de órganos en nuestro país. Las personas necesitadas de un transplante en México alcanzan la cifra de  9,500  contrastando con el ínfimo número de donante que igualmente existen: 317. Es decir que una persona que en México es diagnosticada con una enfermedad que se cura únicamente con la asistencia de un transplante de órgano, está siendo, prácticamente, condenada a perder toda esperanza.

Es justo aquí, en donde Adriana y Luis encontraron el llamado de Dios y entendieron el por qué de lo sucedido con su hijo Ale. En Octubre de 2004, un mes después del fallecimiento de su pequeño, constituyen la Fundación Ale institución que se encargaría de promover la cultura de la donación de órganos en nuestro país así como de buscar apoyar al sistema médico nacional en la adquisición de herramientas y capacitación especializada necesaria en la materia.

Así, Fundación Ale en 2007 logró apoyar de manera satisfactoria 445 casos de pacientes que requerían de donación de órganos. Para lograr lo anterior, la fundación ha recaudado  7 millones de pesos de empresas patrocinadoras, organizaciones civiles y gobierno, mismo que ha destinado a su misión institucional de salvar vidas.

Mucho podría seguir escribiendo sobre los logros de la fundación, así como de los reconocimientos que Adriana ha recibido por su loable labor, pero yo quiero centrarme en el testimonio epsiritual de Luis y Adriana ya que, para que una gran obra suceda es indispensable que un emprendedor acepte llevarla a cabo. 

Dios actúa de maneras muy misteriosas, lo que para Él puede ser un paso más en su implantación de su reino en la tierra para nosotros puede ser un evento confuso e incomprensible. Así es y así será. No está en nosotros tratarlo de entender a cabalidad, ni mucho menos cambiarlo. Ante las aparentes desventuras de la vida sólo nos queda una posibilidad: aceptación y escucha. Aceptación pues es de Dios dejar que las cosas sucedan y escucha por que en cada evento Él nos quiere pedir algo. No podemos evitar el mal o la tragedia, pero si podemos decidir cómo reaccionamos ante estas y me queda claro que los espíritus fuertes y bien formados son los más capaces de salir adelante. 

San Pablo, en una de sus cartas a los romanos nos incita a vencer al mal con el bien. La respuesta del hombre ante el mal sólo puede ser el bien, ese mismo bien que Cristo nos enseñó a practicar hasta el extremo de la muerte. 

Hoy Luis y Adriana, ya no tienen a su hermoso Alejandro físicamente, sin embargo, saben que está presente con ellos en una manera mucho más trascendental y reveladora: Ale, al entregar su vida por ellas, está en cada una de las personas que, recibiendo un transplante de órganos, tendrán una segunda oportunidad de seguir amando en la tierra a Dios y al prójimo como a ella mismas.

(El siguiente video es el cortometraje “Por siempre” que narra la historia de lo que aquí les conté. Aunque el papel de Adriana es interpretado por Bárbara Mori, quien sale al final del filme es la verdadera Adriana Castro de Alverde, fundadora y directora de la fundación Ale)




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