¿Qué nos pasa?

11 agosto 2009

Extra10 de agosto.- La Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal libero a un niño de cuatro años de edad, quien tenía más de 48 horas encerrado abandonado en un cuarto. La madre del menor fue detenida.

7 de agosto.- La policía del municipio de Ecatepec rescata a cuatro niños de entre dos y cinco años de edad que se encontraban encerrados con signos de desnutrición. Los menores argumentan haber sido abandonados por la abuela.

6 de agosto.- Un bebé es encontrado con vida sobre una cripta en un panteón de la ciudad de México. El pequeño es llevado a un albergue temporal.

2 de agosto.- Un menor de un año y medio de edad es encontrado por la policía amarrado en el suelo de un baño. Su padre fue detenido y presentado ante el Ministerio Público.

Las anteriores son noticias que se pueden leer en distintos diarios de la ciudad de México  en donde se informa de varios hechos de maltrato infantil.

¡¿Qué nos pasa?! ¿Qué acaso no hemos entendido que el amor basta?

Jesús ama a los niños… Jesús pedía que le dejaran que los infantes se acercaran a él. Nuestros niños representan la esperanza y el amor que a los adultos nos falta. Si le arrebatamos la inocencia a nuestros niños, perderemos toda esperanza de construir la civilización del amor.

Qué falta de amor han de haber recibido los padres de estos pequeños para que ellos mismos no hayan sido capaces de transmitirlo nuevamente. Esto es el resultado de una vida sin Dios, sin amor, sin cercanía y sin prójimo

El odio y  el amor tienen en común que ambos tienden a multiplicarse cuando se entregan. El odio genera más odio y el amor sólo genera más amor.

“Dios, por que nadie ama como túperdónanos por que  no  sabemos lo que hacemos”


Mi conciencia no me deja

24 julio 2009

Hoy mientras manejaba de camino a mi trabajo, me he encontrado con una situación desfavorable de mi parte.

Repentinamente el coche que venia adelante del mio, se ha frenado bruscamente para dar vuelta a la izquierda y provocó que yo tuviera que dar un volantazo a la derecha para poder librarlo. Al hacer esto, igualmente de manera accidental, provoqué el descontrol de otro coche que venía en el otro carril al que me incorporé abruptamente. Este vehículo, afectado por mi movimiento, hizo sonar su claxon al mismo tiempo que hacía todo lo posible por volver a recuperar su posición delante de mi.

Una vez logrado su objetivo de ganarme el lugar delante de mi coche, en una visible agresión de su parte,  el conductor hizo un intento de freno repentino para provocar que yo me descontrolara también. Asustado por esta maniobra frené de imprevisto y casi choco con él. “¡¡¡¿Qué le pasa a este tipo?!!! ,¿Qué acaso no se percató que no fue mi culpa?”

Así que lleno de coraje, decidí acelerar mi coche para ponerme a su lado y hacer que me las pagara.

Una vez que logré colocar mi coche junto al suyo, el hombre bajó su ventanilla y me gritó enojado: “¡El coche se te metió a ti no a mi!” haciendo alución a que no tenía porque pagar las consecuencias de un problema ajeno.  Lleno de coraje, haciendo caso omiso de lo que me dijo, fingí haber notado que algo pasaba en su vehículo dirigiendo la mirada a su llanta delantera y al mismo tiempo que ponía cara de preocupación y le hacía expresiones de alerta, intentando hacerle creer que algo había sucedido en su coche. La persona se mostró sorprendido por mi reacción y de inmediato disminuyó la velocidad mostrando una cara de preocupación por la posible falla de su coche. Unos segundos después noté que se estaba orillando. Ja ja ja… dije yo. “¡Qué tonto es… cayó en el engaño! ” Y de inmediato aceleré para seguir con mi camino sintiendome orgulloso de haber vencido al rival.

Como podrán imaginar, pasó un poco de tiempo y mi aparente victoria se empezó a transformar en una total derrota interior. Como era de esperarse, mi conciencia se activó de inmediato diciéndome: “¡Que mal José Luis! ¡Fallaste! No tienes nada de que enorgullecerte. Sabes a la perfección que tu actitud no fue la correcta… No debió ser. ¡Cristo no hubiera reaccionado así!” No se gana cuando se vence al rival, sino cuando se vence a uno mismo, y yo me dejé ganar por mi coraje.

Mi conciencia tiene razón. Me equivoqué al fallar en el principio universal por excelencia: ama a tu prójimo como a ti mismo. Aunque hubiera existido una razón aparentemente convincente para hacerlo, a mi no me hubiera gustado que alguien me engañara y me tratara como yo lo hice con la persona del incidente.

A unas cuantas horas del suceso razono lo siguiente:

Si ya había logrado emparejar mi coche junto al del otro señor, y además él bajó su ventanilla para entablar un diálogo conmigo (agresivo si quieren, pero oportunidad de diálogo al fin) lo que me hubiera gustado hacer en lugar de lo que hice  es bajar mi ventana igualmente y… ¡Pedirle perdón! No hubiera importado si la culpa fue mía o de alguien más, pedirle un disculpa por la molestia causada sobreponiéndome a mi coraje hubiera sido lo correcto. Además, haciendo esto,  seguramente también hubiera logrado bajar su nivel de agresión y lo hubiera acercado a entender más mi situación.

Fallé. Punto.

No pude actuar como ahora, ya con calma, hubiera querido.

Lo único que me queda esperar es que mi mentira no le haya provocado a ese amigo un contratiempo mayor. Me siento mal por haber obrado mal.

Pero algo bueno obtengo de este incidente. Estoy contento de saber que mi conciencia está correctamente calibrada. Equivocarse es naturaleza humana, pero reconocer el error propio es consecuencia sólo de haber procurado formar bien la conciencia.

El arrepentimiento es una gracia que Dios concede… es decir, hay que pedirle a Dios que nos permita darnos cuenta del mal que hacemos. Nosotros no nos bastamos para ver lo que debemos de ver (ética), necesitamos ayuda. Así que es Dios, a través de nuestra conciencia, quien nos indica si hemos actuado de acuerdo a su voluntad o no. Así que, hacer caso omiso de lo que  dice tu conciencia (sobre todo a temprana edad) es comenzar a cerrar el medio por medio del cual Dios se vale para indicarnos el camino correcto. Es responsabilidad de cada hombre, cuidar y formar (dar mantenimiento dirían los ingenieros) el medio por el que Dios se comunica con nosotros.

Yo me equivoqué grávemente el día de hoy, ya que le fallé a mi prójimo (le fallé a Cristo). Desearía no haberme comportado como un patán. Sin embargo no me queda más que proponerme fervientemente no volver a dejarme llenar por la ira (un pecad capital) y agradecerle al Señor por habermen regañado.

Cristo, te ofrezco mi arrepentimiento a ti y, como estoy seguro que me lo pedirás cuando me confiese el próximo domingo, al señor del coche también.

Así que envío, aunque se un poco tarde, desde la ventanilla de mi conciencia la siguiente misiva:

“Querido amigo del coche de la mañana, donde quiera que estés… ¡mi más sinceras disculpas!”


Ali Agca

20 mayo 2009

Ayer me sorprendí cuando leí la noticia de que Mehmet Alí Agca, mejor conocido por ser el hombre que intentó asesinar a Juan Pablo II en la plaza de San Pedro en mayo de 1989, quiere ser bautizado en la fe católica.

Actualmente Ali Agca se encuentra purgando una condena por el asesinato de un periodista en Turquía en 1979, sin embargo en enero del próximo año (2010) quedará en libertad. Ante esto, ha comentado que una vez que obtenga su libertad, desea ir a Roma para rendir un homenaje a quien le enseñó el camino de la verdad una vez que le otorgó perdón: Juan Pablo II.

Cuando leo esta nota, no dejo de pensar que los caminos de Dios son extremadamente misteriosos y maravillosos. Sólo Él sabe obtener tanto bien de tanto mal. Sin embargo vale la pena reflexionar que para que Dios pudiera actuar de esta manera, necesitó primero que alguien le abriera la puerta del corazón de Agca. Cuando, después de recuperarse milagrosamente del balazo recibido por su agresor, Juan Pablo II fue a la cárcel a dialogar y ofrecerle el perdón a Ali Agca, también logró tender el puente entre Dios y este hombre.

Cada vez que alguien me dice que no se cree capaz de perdonar, siempre le recuerdo este gran acto de amor, que aunque provino de un Papa, no deja de ser un acto posible en el corazón de cualquier hombre.

Dios espera de nuestra iniciativa para actuar, nos ha querido libres para que seamos nosotros quienes decidamos salvar a las almas por medio de la acción más perfecta: amar al prójimo como a nosotros mismos.

Se puede y se debe perdonar

Se puede y se debe perdonar

 


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