Semana Santa

1 abril 2012

Ha llegado ya la semana más importante del año para los católicos.

En lo personal, siempre en esta semana procuro acercarme especialmente al sacramento de la confesión… ¡Vaya que lo necesito¡ Ser católico no implica ser perfecto, más si ser perseverante.

Debo reconocer que mi vida espiritual suele estar llena de rachas. Existen momentos en que mi actividad espiritual está corriendo a cientos de kilómetros por hora y también hay ocasiones en que mi alma pareciera estar atorada en un fango denso y profundo.

Pero, es justo en está última situación, que el riquísimo sacramento de la reconciliación me saca una y otra vez del atasco espiritual.

Es como si cada vez que acudiera al confesionario mi ser literalmente cargara nueva gasolina. Sentir que en verdad Cristo no se atora en mi pasado sino que me valora por mi futuro es una motivación maravillosa.

Por eso, en la Semana Santa reflexiono especialmente en mis errores (graves y no tan graves) y se los presento a Cristo. Él los toma y los traslada a su cruz en donde habrá de llevar no solo mis faltas sino las de toda la humanidad.

Esta idea, la de un Jesucristo no juzgador sino redentor, es probablemente la que más me conmueve en esta temporada. A Él no le importa que tanto peso le pongan mis faltas a la Cruz que está a punto de cargar. Al contrario, pareciera que me pide que no deje nada en mi interior.

“¡Dámelos todos! Yo me encargo…” es lo que me dice.

Si la humanidad en verdad supiera lo que Dios hizo por nosotros en su crucifixión, creo que de manera inmediata nos volcaríamos a los pies del Salvador y le diríamos:

“¡Gracias mi Señor! En verdad… ¡Gracias!”


Parábola navideña

15 diciembre 2010

Había una vez dos hermanos que vivían cada uno en un terreno separados  por un río.

Cierto día los dos hermanos tuvieron un altercado severo que los distanció de tal manera que decidieron no dirigirse la palabra nunca más.

Uno de ellos, enfurecido  y lleno de rencor mandó traer a un carpintero al que le dio las siguientes instrucciones:

“En aquel terreno contiguo vive mi hermano al que tanto odio. Así que  te pido de favor que vayas a mi granero, tomes toda la madera que necesites y la utilices para construir algo entre los dos terrenos que evite que tenga que volver a ver a mi hermano cuando yo salga a mi jardín”

El carpintero le dijo que haría lo que estuviera en sus manos por ayudarle a resolver aquella cuestión.

Pasaron un par de días y el hermano que había contratado al carpintero regresó para revisar el trabajo final.

Grande fue su sorpresa cuando vio que ninguna barda había sido construida en el perímetro de los terrenos.

“¡Oigame carpintero perezoso!” le dijo el hombre visiblemente enojado “¿Por que no ha levantado ni un metro de barda en el límite de los terrenos ? ¿Que acaso no ha trabajado nada en el transcurso de estos dos días?”

“Desde luego que he trabajado arduamente” le dijo el carpintero

“Yo me comprometí con usted a ayudarle a resolver la cuestión con su hermano y eso es lo que he estado haciendo. Durante todo este tiempo he construido justo lo que necesita para solucionar su problema familiar”

Tomándolo de la mano, encaminó al hombre hasta el lugar en donde había estado trabajando día y noche por los pasados dos días…

Llegando a cierto punto del terreno levantó la mano y apuntando hacia el río le dijo a su contratante:

“Lo que usted necesita, mi querido amigo, no es una barda que le aleje de su hermano, sino algo que en verdad solucione su problema de fondo”

y apuntando con el dedo, le mostró justo el lugar en donde había construido un hermoso puente que unía en el lado más angosto de río los dos terrenos.

El hombre que contrató el trabajo quedó sorprendido por la sugerencia del carpintero, pero lejos de enojarse por la rebeldía de este entendió completamente su solución.

Así que pagando con creces el trabajo realizado por el carpintero, el hombre dirigió al puente nuevo con la firme intensión de cruzar al otro terreno, el de su hermano, pedirle perdón y volverse a reencontrar con él.


¿Podemos salvar al diablo?

6 mayo 2010

Hace tiempo se me ocurrió preguntarle a un sacerdote experto en demonología (quienes estudian sobre el demonio) si es que era posible que, implorando por la misericordia de Dios, los seres humanos pudiéramos salvar el alma del diablo, específicamente la de Satanás.

Yo esperé que el sacerdote me devolviera de inmediato una mirada de asombro y perplejidad por la inocencia o rareza de la pregunta, pero nada de eso sucedió.

Al contrario, pareciera que la pregunta recién realizada le hubiera representaba un gran reto para descifrar.

Antes de darme a conocer sus conclusiones sobre esta cuestión… me preguntó: “¿Tú que crees? ¿Se puede o no se puede salvar al diablo?

Yo, reflexionando un poco, viendo que la pregunta ahora estaba de mi lado contesté entre dudas y trabas:

“Pues verá…no estoy seguro, pero el amor de Dios es tan grande que me inclino a pensar que puede que exista esta posibilidad, pero al mismo tiempo pensar en esto me resulta complejo pues es como tratar de llevar la luz al rincón más oscuro del universo, el corazón de Satanás”

¿Pregunta compleja no es así?

¿Qué creen que me respondió el demonólogo? ¿Se pude o no se pude pedir por la salvación del demonio?

Si todos nos uniéramos un una misma oración sincera y rezáramos por el alma de Lucifer ¿podríamos llevarlo de regreso al cielo?

La respuesta que recibí de parte del experto se las contaré el día de mañana…

Tan…tan… tan… tan…. (música de suspenso e intriga)


En medio…

3 mayo 2010

Les dejo esta reflexión que es de por más valiosa… Vale la pena difundirla y meditarla.


Si pecas… ¿Eres mal cristiano?

29 abril 2010

Supongamos que acabas de cometer un gran pecado. Uno de esos graves y dolorosos para el corazón y el alma. ¿Es una muestra de que eres un mal cristiano?

Mi respuesta es sencilla: No.

Que cometas pecados, veniales o graves solo demuestra que eres… ser humano.

Veamos, puede resultar un poco polémica esta situación por lo que no es mi intensión entrar en debate, sino más bien llevarlos a la siguiente reflexión.

Dios sabe que el camino de la santidad no es fácil ni terso. No quiso que fuera así, de lo contrario no tendría mérito alguno. Por lo mismo, sabe que en al caminar habrá muchas caídas. Imagínate que pasaría si Dios se decepcionara de ti al primer tropiezo y te retirara el perdón… ¡personalmente yo ya estaría frito!

Y aquí, me quiero valer como ejemplo de una de las caídas mas grandes de la historia, la de Judas, el discípulo que traicionó a Cristo.

Si hay alguien que es símbolo de pecado grave y error, ese es sin duda alguna Judas, quien por siempre será recordado como “El traidor”.

Muchos se preguntan ¿Se condenó judas por entregar a traición al maestro?  y mi respuesta es: ¡No!

Judas no se condenó por traicionar a Cristo, se condenó por perder la esperanza de su propia salvación.

¿Qué hubiera pasado si Judas se hubiera arrepentido de lo que hizo y hubiera buscado al maestro para pedirle perdón? ¡Lo adivinaron! Jesús, lo hubiera perdonado y este hubiera sido sin duda alguna uno de los capítulos más hermosos del amor misericordioso de Dios hacia un pecador ¡Pero no fue así!

El pecado más grave de Judas no fue la traición, sino perder la fe en la misericordia infinita de Dios. Este es el pecado del que el mismo Jesús refiere como el único que no tiene remedio: “el pecado contra el Espíritu Santo”.

Antes que pedir perdón y enmendar su alma, Judas prefirió acabar con su vida. ¡Pensó que él ya no tenía esperanza de salvación!

¿Hubiera tenido otra opción? ¡Desde luego!  Arrepentirse, pedir perdón, aceptar al Espíritu Santo y convertirse en el apostol más militante de la historia de la Iglesia en enmienda de su alma

¿Pudo haber elegido esto? Desde luego que si. No olvidemos que Pedro también traicionó al Maestro al negarlo tres veces, pero a diferencia de Judas, se arrepintió y si optó por el camino de la santidad. O que decir de San Pablo, quien habiendo sido un perseguidor y asesino de cristianos, enmendó el camino hacia la verdad y el bien.

Nuevamente regreso a la reflexión principal….

Si pecas… ¿eres mal cristiano?

No en la medida que no pierdas la esperanza de la misericordia y el amor infinito de Dios y como tal actúes después de tu pecado.

A Cristo no le importa lo que fuiste o lo que hiciste… lo que Él espera de ti es lo que de ahora en adelante… serás y harás.


¡Estámos enojados!

30 marzo 2010

¡Hoy queremos estar enojados!

Hace un par de días recibí una llamada de una de las personas que más quiero en este mundo y que en esos momentos estaba a unas cuantas horas de partir a misionar a alguna de las cárceles para mujeres de nuestro país durante toda la Semana Santa.

La llamada transcurrió en medio de lágrimas. Esta persona me contó que sentía mucha rabia y coraje por las verdades que recién se han dado a conocer, en las que nuestra Iglesia, específicamente la congregación de los Legionarios de Cristo, acepta que si existieron casos de abuso sexual tal y como se venía sospechando desde hace tiempo. ¡Para quienes conocimos la fe por medio de esta congregación religiosa significó una bofetada dura y directa en ambas mejillas!

“Es difícil…” - me decía esta persona- “…que habemos quienes estamos intentando predicar el amor a Dios a través de su Iglesia y resulta que muchos miembros de esta misma Iglesia no van en la misma dirección. ¡No nos están ayudando mucho que digamos!”

¿Que opinión tienen ustedes? ¿Que podrían decir al respecto?

En mi caso lo que siento es algo muy extraño.

Por un lado, siento ese mismo coraje. Siento mucha rabia por quienes estando en una privilegiada posición para hacer mucho bien, hacen mucho mal. Además, como padre de familia, conozco de primera mano lo que significa querer lo mejor para tus hijos y sentir que puedes hacer cualquier cosa con tal de protegerles de quienes los ven como carnada viva. Mi instinto de protección paternal me hacer… ¡Querer estar enojado! “¡Que nadie se meta con mis seres queridos por que soy capaz de…!”

Pero de repente el odio se aleja y llegan pensamientos de caridad. No me puedo imaginar a Cristo odiando a sus enemigos, a quienes lo humillaron en el pretorio y lo clavaron en una cruz injustamente. Las palabras del Maestro en esa misma cruz “Perdónales Padre, pues no saben lo que hacen…” me estremecen hasta doblarme las rodillas. Son tan fuertes sus enseñanzas acompañadas de ejemplo que las siento también como bofetadas

¡¡¡No, no puede ser real tanto amor. Lo normal es querer justicia, cárcel, venganza que saciaría aunque sea un poco el coraje!!!!

Dios mío, en verdad que es complicado. Odio y amor viviendo en una misma casa, en mi mismo cuerpo. Maldita condición humana, bendita condición humana.

¿Que hacer cuando el mensajero falla pero aún crees en el mensaje? Y no solo eso, sino que estás convencido que el mundo está lleno de cientos de miles de excelentes mensajeros que si están dispuestos a llevar el mensaje con suprema dignidad.

¿Cómo poner en práctica el poner la otra mejilla? ¿Se puede amar a tu enemigo?

Pues bien, yo he decidido que no por el pecado de otros voy a pecar yo también. Suficiente tengo con mi propia perseverancia personal como para además agregarle más complicaciones.

Si hubo quien quiso usar su libertad para profanar el templo de Dios yo prefiero usar la mía para construirlo y embellecerlo. No niego de mi condición humana que, en su instinto animal, me lleva a odiar al que me engaña y me traiciona, pero es esa misma naturaleza caída que tenemos los hombres la que llevó a otros a pecar a tal magnitud.

Hoy elevo mis oraciones a Dios para que me prepare para la pelea con el enemigo.

No puedo negarlo, hoy quiero estar enojado, pero también hoy más que nunca quiero amar a mi prójimo, aunque este me escupa en la cara. No me pidan que les explique el cómo ni el por qué pues lejos de entenderlo yo mismo, lo único que puedo saber es que Jesús así lo hizo y, de alguna manera u otra, lo quiero hacer yo también.


19 años después

18 enero 2010

Mehmet Ali Agca, quien pasó 19 años en prisión tras atentar contra la vida de Juan Pablo II, quedó en libertad.

Al leer esta noticia no puedo sino volver a recordar el momento en que, quien era entonces el sumo pontífice,  nos dio una muestra de cómo amar hasta el límite de nuestro corazón.

Perdonar a tu amigo así como a tu enemigo, vaya que si es un acto de amor heroico.

El amor heroico es así, valioso y grande por el tamaño de la prueba. El amor amerita vencerse a sí mismo y dejar que lo verdaderamente bueno prevalezca.

¿Qué ha de haber pasado por la cabeza de nuestro antiguo pontífice cuando fue atacado por este sicario? ¿Odio? ¿Coraje? ¿Miedo? Seguramente si. Pero  hoy el mundo sabe que en su mente, tiempo después también entró la calma, la gratitud y el perdón.

La imágenes de un Juan Pablo II dialogando con su agresor y ofreciéndole el perdón sincero son simplemente sublimes. Hay quien dice que el acto de perdón de Juan Pablo II a Ali Agca no se debió de haberse llevado a cabo de manera tan pública y mediatica. Yo creo lo contrario. Un maestro no enseñar a escondidas, sino que hace pública la luz para quienes no la pueden ver. Además de perdonar de manera personal, el Papa quiso que cientos y miles de personas observáramos cómo se hace.

Juan Pablo II cambió la vida de su agresor (así lo ha confesado públicamente Mehmet ) pero también la de millones de personas que llevaremos en el corazón de por vida esa imagen que hizo vivo de manera tan hermosa el evangelio de Jesús.

“Perdonad no siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-19)


Philosophing

27 octubre 2009

Hoy… ¿a quien tendrías que pedirle perdón?


Oye papá (IV)

20 octubre 2009

father-and-son

Esta sección tiene como objetivo profundizar en los temas centrales de nuestra fe católica. Responder a preguntas que cualquier católico o no católico se pudiera estar realizando acerca de nuestra religión y su modelo de espiritualidad. Los invito a enviarme sus comentarios y preguntas  alsiguiente correo para que puedan ser tratadas en esta sección. Para una mayor formación en los distintos temas aquí tratados,  Diario de un Católico recomienda la consulta constante del Catecismo de la Iglesia Católica en cualquiera de sus ediciones disponibles.

El tema central de esta sección gira en torno al diálogo que sostienen un niño de 10 años con su padre al respecto de las dudas humanas y espirituales del primero. El niño representa la inocencia de quien está aprendiendo y madurando y que por lo tanto tiene sed de conocimiento, mientras que el papá representa la fuente de tal conocimiento y la experiencia de quien ya ha profundizado en la búsqueda de la verdad y desea transmitirla a quien más ama. Padre e hijo salen a caminar todos los días un rato para platicar en la espera de la cena que mamá les está preparando en casa.

Hijo: Oye papá ¿Por qué me tengo que confesar?

Papá: Querido hijo, hay que confesarnos principalmente por la necesidad que tenemos los seres humanos de arrepentirnos de nuestros errores. Dios no nos hizo perfectos y como tal podemos equivocarnos muchas veces a lo largo de nuestra vida. Pero Dios en su gran amor hacia nosotros nos regala la oportunidad de confesar nuestras faltas por medio del sacramento de la reconciliación y así obtener su perdón.

Hijo: ¿Sacramento? ¿Por qué la confesión es un sacramento?

Papá: La confesión y los demás sacramentos (bautismo, confirmación, comunión, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos) son llamados así pues son “signos sensibles” que Dios nos da cuando se lo solicitamos. Es decir, Dios a través de cada uno de los sacramentos nos deja un huella que refleja su amor por nosotros. En el caso del sacramento de la confesión, Dios deja la huella del perdón.

Hijo: No entiendo bien eso de la huella ¿Me podrías explicar un poco más?

Papá: Claro que si. Mira, imagina que un sacramento es como una experiencia de vida en la que Dios se hace presente de manera personal y definitiva en tu persona. Cuando acudes a confesarte, el sacerdote sirve como intermediario entre tú y Dios y una vez que obtienes la absolución por parte del padre, entonces Dios se adentra en tu persona y te impregna con la huella de su perdón. Por ejemplo de manera similar, en el caso del sacramento del Orden Sacerdotal, Dios se hace presente para cada uno de los candidatos que por vocación solicitan ser tocados por Dios con la huella del poder sacerdotal.

Hijo: ¿Y que significa que Dios te deja una huella en tu interior?

Papá: Como lo mencioné, es un toque especial de Dios a tu persona. Cuando Dios, por medio de la imposición de un sacramento, te concede un signo también te está llenando de fuerzas especiales relacionadas a ese sacramento. Así, por ejemplo, cuando una pareja decide casarse y se acercan por propia voluntad al sacramento del matrimonio, estarán recibiendo dones especiales por  parte de Dios nuestro Señor para poder vivir la fidelidad en su vida matrimonial.

Hijo: ¿Y en la confesión que gracias recibo?

Papá: Ah pues como bien podríamos imaginar, quien se acerca con toda la disposición de recibir el sacramento de la reconciliación, recibe la ayuda de Dios para fortalecer su alma ante el pecado y no volver a caer en las mismas faltas. Por eso, quien se confiesa de manera constante, digamos por lo menos cada 15 o 20 días, puede asegurar que Dios le tienen en consideración para fortalecer cada vez más su alma.

Hijo: O sea que entre más me confieso… ¿Más fuerte soy?

Papá: Así me gusta verlo hijo mío. Ya de por sí el sentimiento de arrepentimiento es un fuerte indicativo de tener un alma poderosa que, si le agregamos la voluntad de reparar el mal realizado y la firme convicción de no volver a pecar, se irá asemejando cada vez más a la de Cristo.

Hijo: Además, si me confieso puedo comulgar ¿verdad?

Papá: En efecto. La Iglesia pide que tu alma esté en estado de gracia para recibir a Jesús en la Eucaristía. Además, considera lo siguiente: cuando nos acercamos a la confesión es Jesús mismo quien nos está perdonando. A Cristo le encanta perdonarnos. No importa que tan pequeós o granves sean nuestro pecados, Cristo siempre está abierto a extendernos su perdón.

Hijo: Quisiera perdonar tan fácil como Él…

Papá: Primero aprende a pedir perdón y poco a poco irás aprendiendo a perdonar.

Hijo: Por cierto papá…. hablando de perdonar, hay algo que quisiera comentarte.

Papá: Te escucho hijo.

Hijo: ¿Te acuerdas de aquella ocasión en que me enojé por que  mamá y tú no me quisieron comprar el juguete que salía en la tele?

Papá: Como olvidarlo. Si hasta recuerdo que del coraje que tenías no quisiste cenar. A tu mamá y a mi nos dolió mucho verte así.

Hijo: Pues quiero pedirte una disculpa por haberme portado así. Es algo que desde hace tiempo que te quería decir pero hasta ahora, que hablamos del sacramento de la confesión es que encuentro la oportunidad de hacerlo. Tenía miedo que me dejarás de querer por portarme así de mal en aquella ocasión.

Papá: Querido hijo, agradezco la confianza que me tienes para hablarme con sinceridad y te ofrezco de todo corazón mi cariño, el cual nunca se verá afectado por tus acciones. Como seres humanos nos equivocamos y nos levantamos y así, como  nos gusta que nos perdonen, debemos de perdonar. Que te acerques a mi a pedir perdón es una muestra de tu madurez y generosidad. ¡Gracias hijo!

Hijo: Me  gustaría ir con mamá para también ofrecerle una disculpa.

Papá: Me parece una excelente idea. Estoy seguro que a tu mamá al igual que a mi le encantará escuchar tu sentimientos al respecto.


La necesidad del perdón

2 septiembre 2009

¿No les ha pasado que tras un tiempo más o menos prolongado de no confesarse empiezan a sentir una inquietud espiritual bastante fuerte? Pues en esa situación me encuentro yo. Como pecador innato que soy (canija condición humana) suelo tratar de confesarme cada 15 o 20 días. Sin embargo por razones de disponibilidad de tiempo he dejado de hacerlo desde hace ya varias semanas y me siento muy incómodo.

No es que tenga que confesar algo grave, pero el cúmulo de pequeñas faltas en el día a día acaban pesando casi igual o más que un gran pecado.

Habiendo sacado esto a relucir, vale la pena también mencionar que es justo en estos momentos de incomodidad espiritual en donde debemos de atender al llamado de Dios en nuestra consciencia. Si uno deja pasar demasiado tiempo sin limpiar la conciencia de este estado, corre el riesgo de que la mente asuma como normal la situación y entonces venga el verdadero peligro del pecado: Acostumbrarse a él.

El Papa Pio XII decía: “El peor pecado del hombre contemporáneo es justamente haber  perdido la conciencia misma del pecado”

Es decir, caerse y equivocarse es propio de la condición humana, pero levantarse y disculparse también (bendita condición humana) así que el error más grave no está en el caerse la primera vez, sino acostumbrarse a que el mejor estado es el de permanecer en el piso.

Así que, sintiéndome como me siento, espero no prolongar más el volver a entrar en vida de gracia.


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