Mamá… ¡no quiero se católico!

1 noviembre 2010

Hace tiempo conocí a una maestra de catecismo que me dijo:

“Estoy verdaderamente preocupada pues mi hijo adolescente me dice que no quiere ser católico”

¿Ustedes que harían en su lugar?

Piénsenlo un poco hoy.

Yo mañana publicaré mi post con mi reflexión al respecto. Y si… ciertamente tiene que ver con mi publicación anterior.


Mi abuelo

21 septiembre 2010

Mi abuelo es militar jubilado. Eso significa que en la sangre trae la seriedad y la dureza de una vida de milicia.

Sin embargo, ahora que es abuelo, no ha dejado pasar la oportunidad de sacar su lado emocional. Perdió a su esposa (mi abuela) hace un año aproximadamente y todavía se le ve llorando por la añoranza de sus 65 años de matrimonio.

Sus más de 90 años de edad no están cabalmente reflejados en su físico pues aún sale de vez en cuando a caminar con sus amigos y es capaz de seguir leyendo el periódico sin la necesidad de usar anteojos.

No le gustan los doctores ni tampoco las reuniones tumultuosas (dice que estas últimas le recuerdan a mí abuela).

Se le puede encontrar viendo televisión sentado en su sillón azul, y rodeado de un montón de objetos que suele usar de cuando en cuando para hacerse la vida más fácil sin la necesidad de pararse (tijeras, cinta de aislar adhesiva, vasos de agua a medio llenar, los últimos diarios de deportes, plumas, algún plato con comida, servilletas y por supuesto, el teléfono)

Para mi es un deleite verlo gozar de su microcosmos. Es como si una vez que mi abuela su fue de su vida, se las hubiera tenido que arreglar para ordenar su mundo por sí solo. Y lo hace al estilo militar, sin pedir mucha ayuda, de la manera más práctica posible (su tv tiene señal gracias a una antena fabricada por él mismo tras doblar y arreglar un gancho de ropa), sin cuidar ningún aspecto estético y solo buscando la funcionalidad de cada asunto.

Así es Don Fernando, un militar jubilado que es capaz de recordar nombres, fechas y lugares de cada una de sus andanzas en el ejercito mexicano, del que adelantó su jubilación para aceptar un puesto con un mejor salario para poder cumplirle mejor a su esposa y a sus 7 hijos (todos con licenciatura y matrimonios bien logrados)

No pude tener a un mejor abuelo. Con todo y su seriedad, misma que nos permite valorar más sus risas, he aprendido de él que a las personas no se les puede valorar por lo mucho que su actuar es parecido al tuyo, sino más bien por la cantidad de veces que te han dado un buen consejo.


¿Te has dado cuenta lo difícil que es?

20 septiembre 2010

¿Les ha pasado que están participando en alguna reunión social y de pronto surge el tema de la religión? ¿Qué comenta la gente al respecto? ¿Qué postura toman ustedes? ¿Les es fácil asumir plenamente su fe enfrente de todos?

Debo reconocer que en la mayoría de los casos que yo me veo envuelto en este tipo de diálogos, parecería que me encuentro en un partido de fútbol en donde el rival juega con 11 elementos y en mi equipo estoy yo solo.

Ser católico y comportarse como tal en sociedad es muy difícil, incluso en un país tan religioso como el mío.

Tan difícil que yo mismo he sido derrotado por mí mismo, el ambiente me envuelve y no siempre puedo sostener con todas mis fuerzas mi bandera de Fe.

Y aunque me entristezco por mi debilidad, reconozco que el mismo Cristo siempre me ha levantado y me vuelve a poner en ritmo de batalla. Ya junto a Él, nuevamente emprendo de nuevo el camino, y logró ganar las guerras más difíciles.

Ayer, mi esposa y yo estábamos viendo una entrevista en televisión en que un periodista de espectáculos de bastante renombre hacía esfuerzos sobre humanos por tratar de entender el supuesto actuar extraño de su entrevistada, quien es una artista que a raíz de una fuerte experiencia personal decidió que quería cambiar radicalmente su vida hacia Cristo y su Iglesia.

El entrevistador le decía una y otra vez que “su nueva actitud” de vida era muy rara, e incluso le llegó a decir, entre risas, que por favor no le fuera a convencer a él de tomar la misma postura.

Debo reconocer que nuestra amiga, la artista entrevistada, hizo todo el esfuerzo posible por mantenerse en su postura de fe, pero en varias ocasiones le llegué a notar nerviosa e inquieta por no poder hacer comprender a su anfitrión su nuevo sentir espiritual.

No la juzgo. Yo me he sentido igual en múltiples ocasiones. Parecería que declararse fiel seguidor de los principios de Cristo y su Iglesia está completamente “fuera de moda”.

Decir que uno valora la virginidad prematrimonial, los valores tradicionales de la familia, el no estar a favor del aborto, el tratar de explicar el por qué no a los comportamientos homosexuales, el hablar bien de los sacerdotes santos de nuestras Iglesias, es algo que no suele ser comprendido ni aceptado fácilmente por la sociedad.

Por eso reconozco a todas aquellas personas que, como nuestra amiga entrevistada, han tomado la decisión de hacer público su testimonio de transformación espiritual, a pesar de que el mundo no esté listo para escucharlo.

¡No tengamos miedo! No se trata de que el mundo nos acepte a nosotros, sino a Cristo.

Si somos juzgados por amar a Cristo, no importa. Si como resultado de declarar nuestro amor y fidelidad al catolicismo somos excluídos de la moda, pues no importa tampoco.

Lo único que nos debe de guiar es la promesa de que nuestros esfuerzos y luchas en la tierra en favor de la verdad, se verán solo recompensados en el destino prometido que Dios nos tiene preparado a quienes hablamos en su nombre: el cielo.

(les pido disculpas si en el texto aparecen demasiados errores de escritura, pero esto de andar publicando a través de un teléfono celular no es lo más cómodo que uno puede encontrar)


¿Por qué Dios conoce el futuro?

7 julio 2010

Como saben, quienes creemos en Dios aseguramos que Él es capaz de saberlo todo y verlo todo (Por algo es Dios).

Pero el punto se vuelve un poco álgido cuando discutimos sobre si este poder de Dios le permite ser capaz de conocer lo que va a pasar en el futuro. De ser así, entonces podríamos suponer que nuestro destino ya está escrito, lo que nos podría llevar a otra suposición errónea de que no vale la pena esforzarse por construir creativamente algo que de principio ya está predispuesto.

Así, salen a relucir las siguientes cuestiones…

¿Dios controla nuestras acciones?

¿El futuro ya está escrito?

¿Podemos hacer algo por cambiar el futuro o simplemente debemos aceptarlo como tal?

¿Dios ya sabe si vamos a salvarnos o a condenarnos?

De ser así… ¿existe el libre albedrío?

Como en publicaciones pasadas, me atreveré a profundizar un poco en esta temática para intentar dar un punto de vista que, sin ser estrictamente teológico, puede dar claridad en el asunto.

Empecemos por decir lo siguiente…

“Si Dios conoce el futuro no es por que Él lo obligue o lo provoque, sino más bien por que Él ya lo vio”.

Recordemos que Dios se encuentra en una dimensión temporal muy diferente a la nuestra. El tiempo en la eternidad espiritual no es igual al tiempo terrenal. Dios conoce lo que depara el futuro pues tiene la oportunidad de verlo en todo momento. Es como poder tomar distancia de un punto en particular, para poder presenciar la línea recta completa que se forma de la unión de todos los puntos.

¿Difícil de entender? Veámoslo de la siguiente forma…

Cuando tu estás viendo una película en el cine, o en un DVD en la comodidad de tu casa, estás siendo testigo de la huella que dejó la actuación y el comportamiento de ciertas personas (actores) ante una cámara. Si al terminar de ver la película, alguien que no la ha visto aún te preguntara “¿En que termina?” ¿ Tendrías la capacidad de relatarle la historia? Desde luego. No por que tú la creaste o forzaste, sino más bien por que ya la viste.

Pero consideremos algo… mientras la película se estaba filmando (aún antes de que tu la pudieras ver en el cine o en el DVD), el actor pudo grabar con total libertad lo que iba a ser capturado en la película. El actor, en el momento de llevar a cabo la acción frente a las cámaras, tuvo la libertad de moverse para un lado o para otro, brincar o bailar, hablar fuerte o quedarse callado…

En pocas palabras, el video que tu ves en tu casa o en el cine, es una visión que se te permite ver de la libertad de movimientos del actor.

Que tú seas capaz de explicar en que va a acabar la historia una vez que has visto la película en el cine, no le quitó en lo absoluto la libertad al actor que posó ante las cámaras durante el rodaje.

De la misma forma, si te pidiera que me pusieras el video de la celebración de tu último cumpleaños y me expliques, antes de verlo, que va a suceder en el mismo ¿Lo podrías hacer? Desde luego, pues seguramente ya lo viste varias veces y además fuiste partícipe de la toma original. Pero mientras la cámara estaba prendida y grabando aquel día de tu cumpleaños, tú y todos los que salgan en esa grabación pudieron hacer lo que se les pegara en gana. Fueron libres.

Esto asemeja un poco la situación de Dios. Él conoce el futuro pues ya tuvo la oportunidad de ver la historia que nosotros estamos filmando en estos precisos momentos. No es que Él nos obligue a cumplir el futuro que ya pensó previamente para nosotros. Simplemente su situación temporal le permite ver nuestra historia desde un punto diferente.

Así que esta explicación nos puede dar la tranquilidad de que nuestra libertad queda completamente intacta en todo momento, no estamos obligados ni predestinados a nada.

¿La salvación sigue estando en tus manos? Desde luego que si… y Dios respeta todas y cada una de tus decisiones. Además, puesto que conoce tu corazón mejor que tú mismo, sabe perfectamente lo que piensas y sientes en cada momento.

Esa es la magia de Dios, que nos ama desde el inicio de los tiempos hasta el final de la historia, independientemente de cual hayamos decidido nosotros mismos que este deba de ser.


De esposo ateo a sacerdote católico

16 junio 2010

Siguiendo con la sintonía de los ultimo posts que han venido versando sobre testimonios de fe les deseo transmitir este que recibí en mi correo proveniente de un amigo y que pueden encontrar de igual manera en este link de  Catholic.net

¿Cuanto puede valer la conversión del ser amado?

“Médico de profesión, periodista político y militante anticlerical, la historia de Félix Leuser está íntimamente ligada a la de Elisabeth Leseur, con quien se casó en julio de 1889.

Francés de nacimiento (1861-1940), fue prontamente conocido en el ambiente parisino de la época como editor de un periódico anticlerical y ateo. Había perdido la fe durante el periodo de sus estudios de medicina.

Isabel nació en París y desde muy joven se distinguió por su vida devota. A los 21 años se casó con Félix con la condición de que éste aceptara respetar su fe católica. Y Félix cumplió por algún tiempo pues pronto comenzó a ridiculizar las creencias de su esposa y a dotar la biblioteca de casa con colecciones de libros que justificaban el ateísmo. A la campaña de corte intelectual-literario la acompañó también un ambiente frívolo de viajes y reuniones. Después de siete años, Elisabeth perdería también la fe.

Paradójicamente, la vuelta y refortalecimiento de Elisabeth en su fe vino por el camino menos pensado: Félix le regaló el libro “Historia de los orígenes del cristianismo” (de Ernest Renán, un autor que profesaba aversión al catolicismo) para rematar la obra de renuncia a la fe por parte de su esposa.

Elisabeth poseía una noble inteligencia, lo que la llevó a descubrir las falacias de los argumentos e indigencia de su fondo. La enorme cantidad de disparates y contradicciones de la obra la llevaron a desear conocer mejor su fe. Y así comenzó la reconstrucción religiosa de su vida: leyó a los Santos Padres, a autores místicos y, sobre todo, la Sagrada Escritura.

Desde entonces la fuerza de su amor a Dios y su confianza en Él fue la mayor convicción y la piedra de impulso para ir adelante. Pronto vio la necesidad de convertir a su marido pero todo esfuerzo y razonamiento era inútil. A partir de entonces sus armas serían la oración y el sacrificio.

Después de una experiencia mística en 1903, durante un viaje a Roma, Elisabeth comenzaría a repetir esa unión mística con Dios cada vez que recibía el Cuerpo de Cristo. En no pocas ocasiones tuvo que privarse de recibir la Eucaristía por las objeciones de su marido. De este periodo son las numerosas cartas que Elisabeth escribió así como su diario espiritual.

Es en ese diario donde Isabel reflejaría el sufrimiento experimentado durante ese periodo, el cual fue redimensionado por la fe: “el sufrimiento es la forma más elevada de acción, la más alta expresión de la maravillosa comunión de los santos; en el sufrimiento será útil para los demás y para las grandes causas que uno anhela servir”.

Elisabeth enfermó de cáncer de mamá y murió en 1914, con sólo 48 años de edad. En el diario escrito en 1905, Elisabeth predijo la conversión de su marido. Sobre este periodo diría luego el mismo Félix: “Me llamó la atención ver cómo tenía un gran dominio sobre su alma y su cuerpo… soportó con ecuanimidad la enfermedad”.

Tras la muerte de su esposa, Félix decidió escribir un libro contra los milagros de Lourdes. Nunca llevó a cabo el despropósito pues visitando Lourdes tendría la primer experiencia que le haría considerar seriamente su postura ateísta.  En una nota dirigida a él, Félix leyó las siguientes palabras de su esposa el mismo año 1914: “En 1905 le pedí a Dios todopoderoso que me envié sufrimientos para comprar tu alma. El día que me muera, el precio habrá sido pagado. No hay amor más grande una mujer que ésta abandone la vida por su esposo”. Primero calificó el escrito como el de una mujer fantasiosa. Tres años después, Félix volvía al seno de la Iglesia en la que había sido bautizado. En 1919 se hacía religioso dominico y, en 1923, era ordenado sacerdote.

“Después de la muerte de Elisabeth –refiere el padre Félix Leseur en el prólogo al Testamento espiritual de su esposa–, cuando todo pareció derrumbarse a mi alrededor, me encontré con el Testamento Espiritual que había escrito para mí, y también con su Diario. Leí y releí y una revolución se llevó a cabo en todo mi ser. Allí descubrí que Elisabeth había hecho con Dios una especie de pacto, comprometiéndose a cambiar su vida por mi regreso a la fe. Me acordé de que un día ella me había dicho con absoluta seguridad: “Me moriré antes. Y cuando yo me muera, te convertirás; y cuando te conviertas, te convertirás en una religioso”.

Y añade: “Y así, de su Diario percibí con claridad el significado interno de la existencia de Elisabeth, tan grande en su humildad. Llegué a apreciar el esplendor de la fe de la cual yo había visto los efectos maravillosos. Los ojos de mi alma se abrieron. Me volví hacia Dios, que me llamó. Le confesé mis faltas a un sacerdote y me reconcilié con la Iglesia”.

Cristo dice en el Evangelio  que “no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos”. Y en buena medida, el amor esponsal es una amistad sublimada por el amor más grande. El ejemplo de Elisabeth y los frutos en la vida de Félix ponen de manifiesto la belleza y actualidad del mensaje cristiano”



Testimonio de fe

13 junio 2010

¡Ven por que les digo que Dios existe!


Dios tenía sus planes…

10 junio 2010

Ayer recibí en mi correo este testimonio de un recién ordenado sacerdote que sin lugar a dudas les moverá el corazón.

El mismo fue escrito por el sacerdote Jorge Bugallo, L.C. quien es profesor en el Centro de Noviciado y Humanidades en Monterrey:

La vida del sacerdote está plagada de experiencias únicas e irrepetibles. “Tomado de entre los hombres y puesto en favor de los hombres” (Heb 5,1). Algunos ya habrán escuchado esta experiencia, pero con mucho gusto se las comparto, por si puede hacer algún bien. A diferencia de otros momentos más “ordinarios”, éste ha marcado profundamente mi vida –desde el inicio mismo- y mi todavía incipiente ministerio sacerdotal.

Recibí la ordenación sacerdotal el pasado 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en Roma. Ese mismo día, desde las diez y media de la mañana, Cristo me había hecho su sacerdote para siempre. Sábado, doce de diciembre, en el año sacerdotal. Más no podía pedir. Ese día no pegué ojo de la emoción y de la realidad que había vivido esa misma mañana. Pues bien, ya Dios nuestro Señor tenía prisa y María Santísima no desperdiciaría la oportunidad.

El domingo, 13 de diciembre, celebré mi “primera” misa, precisamente en el altar de la Virgen de Guadalupe, junto a la tumba de San Pedro y a unos metros de la tumba de Juan Pablo II, ¡qué gracia inmensa! Me sentía profundamente feliz y no pude aguantarme en la homilía, pues entre lágrimas y emociones no me cansé de decir ¡Gracias! a Dios, a nuestra Madre del Cielo y a cuantos me han acompañado en estos más de veinte años de preparación y formación. Y en el Cielo se estaba fraguando un gran acontecimiento para el día siguiente.

El lunes, 14 de diciembre, viajé con mi familia a San Giovanni Rotondo, donde se encuentra el monasterio y la tumba con los restos del Padre Pío. A pesar de distar algo más de cinco horas de Roma, merecía la pena el esfuerzo, pues tenía reservado un altar para celebrar allí la misa y visitar el lugar. Llegamos allá pasado el mediodía y pude celebrar a la hora convenida. Y aquí llega la parte más importante. Eran las seis de la tarde –ya satisfechos del día- y prácticamente se había oscurecido el cielo. Nos subimos al auto para regresar a Roma. No sé porqué, pero mi hermano pide pasar por una tienda para reparar su celular, pues no le funciona. Era ya tarde y comenzaba a lloviznar. Por el bien de la paz, buscamos una tienda para que Luis, mi hermano, resuelva su problema. Entre unas cosas y otras, media hora después, compra una nueva tarjeta SIM y así zanjar la cuestión.

El reloj marcaba las 18:45 horas cuando finalmente comenzamos a bajar la montaña por la carretera nacional, rumbo a la autopista que nos llevaba a Roma. Tanto por la noche como por la lluvia, la bajada era lenta. A esto se le sumó que una motocicleta, guiada por una chica y a velocidad muy prudente, nos iba marcando el ritmo a los siete (al menos) vehículos que la seguíamos. Mientras rezábamos el rosario, a media bajada, de repente noto que la moto “desparece” en una de las incontables “tornantes” o curvas.

Lo noté porque la fila comenzó a moverse más rápido y la moto ya no se veía. Pero unas curvas más abajo… ¡vi la moto! Estaba como a cinco metros de la carretera, con el faro encendido y como doblada por un lado. En ese momento sentí por dentro un “¡frena y baja!”. Paré el auto en el arcén de la carretera, les dije a mi mamá y a mi hermano que me esperaran, que era algo rápido. Bajé del coche. Continuaba lloviendo y la única luz que me guiaba era la de la moto semi-abollada que tenía en frente. Noté, por el estado de la moto, que quien iba encima sufrió un accidente o por lo menos una caída fuerte. Hablé en tono un poco alto para ver si alguien me escuchaba. No hubo respuesta. Lo intenté otra vez, un poco más fuerte, con el mejor italiano a disposición. Nadie contestó. Como era bosque, lleno de maleza y no se veía nada, pensé lo peor.

Como la luz de la moto apuntaba hacia unos árboles, caminé hacia ellos. La sorpresa me la llevé cuando, unos metros adelante, me encontré con la chica que había visto minutos antes subida a la moto mientras bajábamos por la carretera. Me dio mucho asco, porque tenía amputado el brazo izquierdo por completo, y por el hombro salía sangre sin parar. Del otro brazo sólo conservaba la mitad, hasta el codo, pues también había perdido la otra mitad…, y salía mucha sangre. Las piernas las tenía totalmente empotradas hacía sí misma, hacia dentro, prácticamente rotas. Parecía una muñeca rota, pero en realidad era una persona viva. Un espectáculo que no se lo deseo a nadie.

Me acerqué. Su rostro se veía a mitad, pues el casco se había “encasquetado” en su cabeza, oprimiendo y aplastando la mitad derecha de la misma. No veía más que por el ojo izquierdo. Le hablé al oído: “soy sacerdote…, ¿me escuchas? Si quieres, puedo darte la absolución… Si estás de acuerdo, basta que lo indiques con alguna señal…”. Noté cómo la cabeza se movió un poquito. Entretanto se acerca mi mamá, y nada más ver la escena, pega un grito. También llega mi hermano, alertado por el grito. En ese momento, aprovecho para pedirle a mi hermano que llame por el celular –que ya le servía- a una ambulancia del pueblo. Quince minutos más tarde se acercaba una ambulancia. En esos minutos estuve con esta chica, acompañándola y tapando como podía las zonas de su cuerpo por donde continuaba saliendo sangre. Y lo que es más importante, le di la absolución. Era la primera persona a la que le administraba este sacramento –sólo habían transcurrido 36 horas desde la ordenación-. Llegaron los paramédicos. Le tomaron el pulso. Estaba muy débil. –“Non c’e la fa”, me susurra uno de ellos. La tomé en mis brazos (a la chica), y mientras la llevaba hacia la ambulancia, me miró a la cara, cerró el ojo visible y su cuello se echó para adelante: se fue de este mundo. Marchó al cielo mientras estaba en mis brazos. Así fue. Su nombre era Rosanna y tenía 17 años.

Así sucedió. Entre las pertenencias de la chica encontramos su celular, y pudimos hablar con su mamá. Vivía en un pueblo a diez kilómetros del accidente. Imagínense ustedes lo que significa decirle a una mamá que su hija acaba de fallecer en un accidente de tráfico. Las palabras que le dije, más o menos fueron:

-         “Signora, sono sacerdote; anzi, novello sacerdote, ordinato sabato scorso. Guardi, (…) ho avuto l’opportunità di compartire con la Sua figlia Rosanna gli ultimi minuti della sua vita (…), e sono davvero molto contento di aver comminciato così il mio ministero sacerdotale (…).

-         En castellano: -Señora, soy sacerdote. Es más, recién ordenado el sábado pasado. Mire, he tenido la oportunidad de compartir con su hija Rosanna los últimos minutos de su vida, y estoy muy contento de comenzar así mi ministerio sacerdotal.

Entre lágrimas y voz entrecortada, la mamá me agradeció la llamada y entre muchas palabras que no lograba entender (era una especie de dialecto de la región), sí me dijo:

-         “Padre, Lei é sacerdote. Sa, Padre, mia figlia è molto devota del Sacro Cuore. Io sono una persona credente, come mia figlia. E non so perchè, ma certamente una cosa so bene. Rosanna ha fatto due volte la novena al santissimo Cuore di Gesù. Cioè, ha presso la comunione e si è confessata i primi nove mesi un paio di volte. Quindi, non poteva andarsene senza l’aiuto del Cuore di Gesù. Grazie, Padre e Dio la benedica sempre (…).

-         En castellano: -Padre, usted es sacerdote. Sabe Padre, mi hija es muy devota del Sagrado Corazón. Yo soy una persona creyente como mi hija. Y no sé porqué, pero ciertamente una cosa sí sé y bien. Rosanna ha hecho dos veces la novena al Sagrado Corazón. Es decir, ha comulgado y se ha confesado los primeros nueve meses un par de veces. Por eso, no podía irse (morir) sin la ayuda del Corazón de Jesús. Gracias, padre, y que Dios le bendiga siempre.

Las palabras hablan por sí solas. Es posible que no sean exactas, pero es cuanto recuerdo.

Esa noche llegamos de madrugada a Roma. Yo no pude dormir. Me quedé pensando sobre todo lo que había vivido unas horas atrás. No es fácil explicarte las cosas que a veces te pasan, y menos así. Apenas estaba comenzando a asimilar el sacerdocio recibido unas horas antes y ya Dios nuestro Señor me pedía mi colaboración. Dos caminos se cruzaron esa tarde: el de Rosanna y el mío. Y Cristo tenía prisa esa noche. El celular, que no le funcionaba a mi hermano, retrasó el regreso. Después, el accidente mientras rezábamos el rosario. Gracias al celular de mi hermano, que ya funcionaba, pudimos llamar a la ambulancia, etc. Está muy claro. No existen las casualidades en la vida. Simplemente la mano de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen fueron suficientes para obrar el milagro, para llevar una persona al cielo.”


Impresionante ¿cierto? De mi parte un solo comentario me resta por decir: “Dios existe”


Tomar una decisión…

2 junio 2010

¿Qué es lo más importante que podemos enseñarle a nuestros hijos?

Pues verán… podríamos decir que al ser este un blog católico, la respuesta tendríamos que enfocarla en términos de espiritualidad. Así, por ejemplo, sería comprensible decir que la mejor enseñanza que podemos transmitirle a nuestro hijos (o alumnos) es la de conocer y amar a Jesucristo, o la de aprender a ser perseverante en su formación espiritual. Todo eso está muy bien, sin embargo he llegado a concluir que detrás de todo esto existe una lección mucho más valiosa que debe de enseñarse.

A mi parecer, lo más importante que un hijo debería de aprender como legado de sus padres es la capacidad única y poderosa de saber tomar sus propias decisiones.

Quiero explicarme…

La vida no se construye de manera lineal. Dios diseñó el arte de vivir como una experiencia en la que vamos acumulando el resultado de nuestras propias decisiones.

Es verdad que a veces decidimos bien y a veces decidimos mal, pero lo que no podemos darnos el lujo nunca es “no decidir”. Haciendo esto último es como decirle a Dios “Gracias por la libertad que me diste, pero he decidido no usarla”.

A los colaboradores de mi empresa les digo constantemente que más me preocupa tener trabajando para mi a alguien que no decide que a uno que decide mal, pues de la mala decisión podemos inmediatamente aprender algo y así rectificar hacia una decisión más apropiada, pero de la indecisión y de la inmovilidad   no se llega a ningún puerto.

El católico, antes que nada, es uns persona que decidió por Cristo. No le fue impuesta su fe ni mucho menos obligada.

Quien es católico por que alguien más le obliga o le impone su fe, entonces no lo es en absoluto. El verdadero seguidor de Cristo es aquel que decide libremente ir tras Él.

Por eso, a mi parecer, la mejor lección que le puedo dejar a mis hijos no es tanto que amen a Cristo de por sí, sino más bien que aprendan primordialmente a decidir por ellos mismos y una vez hecho esto, entonces si, optar por Cristo en total libertad. ¿Una postura difícil de asimilar? Ya lo creo. Pero créanme, es la mejor opción.

¿Acaso Dios nos obliga a seguirle? ¿Acaso Dios nos impone su doctrina? Desde luego que no. Él desea con todo el corazón que le amemos, pero no nos hace esclavos de esa única opción.

Un regalo dado el libertad tiene más sentido que uno dado en obligación.

Así que no espero que mis hijos crean en Dios por que yo lo hago. Es mi más grande deseo, si, pero más bien espero que, por que yo creo en Dios con todo mi libertad y soy consecuente con eso, ellos vean la verdad encarnada en su papá.

¿Pero que sucede si mis hijos, haciendo uso de su libertad, deciden no creer?

Pues que tendré que respetar su decisión, seguirle amando y preocuparme por encarnar todavía con más fuerza y mucho mayor eficacia en mi propia persona el amor que estoy seguro tarde o temprano ellos querrán encontrar.

¡Pero ojo! Esto no implica que no les hablaré de Cristo ni les predicaré su doctrina en familia. ¡Desde luego que lo haré! Pero siempre respetando que su libertad es lo más valioso a ser formado.

Yo quiero que el día del juicio final tanto ellos como yo nos encontremos con el Salvador para decirle: Te amamos en total libertad de hacerlo.


12 hombres…

1 junio 2010

Piensa por un momento en lo siguiente…

Israel, la tierra donde hace dos mil años Jesús predicó el evangelio, es apenas un pequeño pedazo de tierra que suma a lo mucho un área de 22,145 km 2.

Esto quiere decir que, comparado con la superficie total de la tierra 510, 000, 000, 000 de km2, el área de terreno que Cristo recorrió durante su vida pública en que predicó su mensaje no fue más del 0.000004 % del total del planeta. Esto podría sonar obvio, pero para una persona que vivió en una época en que la gran mayoría de las personas pasaban su vida entera en una sola región, recorrer tal territorio era toda una proeza.

Sin embargo, dicha superficie no deja de ser una región minúscula del planeta.

Lo mismo nos lleva a pensar que las personas que pudieron haber escuchado de viva voz el mensaje del Maestro, aunque si fueron numerosas, seguramente no representaron significativamente mucho al número total de habitantes que en aquel momento vivían en el planta.

Se piensa que en el año cero de nuestra era, la población mundial alcanzaba unos  350,000,0000 de habitantes en todo el planeta. Así, suponiendo que Jesús logró hablar y predicar  a unos 3,000 personas durante sus tres años de vida pública (suposición completamente mía) entonces esto daría como resultado que Jesús llevó su mensaje a solo el 0.0008 % de la población mundial de esa época.

¿A donde voy con todo esto?

Verán…

Si bien en vida Jesús tuvo un rango de acción bastante acotado para poder predicar, el día de hoy su mensaje, además de haber perdurado la prueba del tiempo, es probablemente el concepto más difundido en el planeta. Independientemente de si una persona es o no es cristiana, el nombre de Jesús Cristo es por mucho uno de los más conocidos a nivel mundial.

¿Qué logró que el nombre de Jesús saliera de unos cuantos Km 2 a la redonda de Israel y se esparciera por todo el mundo a lo largo de 2,000 años de historia?

¿Cómo pasó dicha verdad de ser predicada en tan solo una pequeña porción de tierra a prácticamente casi cubrir toda la superficie del planeta?

La respuesta está en la labor que hicieron 12 hombres: los apóstoles.

Estos 12 hombres, que fueron elegidos por Cristo mismo, fueron los responsables de multiplicar exponencialmente el mensaje.

Y para muestra de esta proeza de comunicación solo falta acercarse a leer lo que el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra en cada línea de su contenido. En él podemos ver a doce hombres recorriendo  cientos de regiones del mundo, movidos por una pasión inconmensurable y llenos de pasión por su labor, y quienes fueron los encargados de replicar la voz original de su Maestro.

Fueron precisamente los doce apóstoles de Jesús, quienes contagiaron a otros cientos de discípulos en otros lugares del mundo y quienes a su vez, movidos por la misma fiebre de amor, contagiaron a otros tantos. Y así sucedió esto sucesivamente en el tiempo hasta que hoy, ese mismo mensaje llegó a nosotros.

Así de fuerte e impactante debió de haber sido ver morir y resucitar a Jesús, como para que sus discípulos decidieran aventarse a emprender tal empresa misionera. Pero también así de fuerte debió de haber sido dicha labor misionera de parte de ellos como para que el movimiento que iniciaron hace 2,000 años  haya llegado intacto hasta nuestros días.

Tan fuerte que permitió que Jesús sea hoy la figura más conocida del planeta.


Cómo un papá ateo le enseñó a su hijo a ser católico…

31 mayo 2010

Crecí con un papá ateo.

No podría definir bien si era completamente ateo (no cree en Dios y por lo tanto no le busca) o más bien agnóstico (no busca a Dios porque no le conoce). El punto es que para él, sus papás y sus hermanos, Dios nunca fue un tema relevante.

Pero esto nunca le impidió desear lo mismo para sus hijos.

Verán…

Mi papá creció en el seno de una familia fuertemente orientada al trabajo. En su infancia y juventud, le tocó ser parte de la etapa más importante de industrialización de México y por lo mismo en la mente de su familia la profesión y el trabajo eran la prioridad más importante.

Mi abuela, quien tras la muerte de mi abuelo tuvo que hacerse cargo del sustento económico de sus siete hijos, solía decir… “En esta familia no hay más Dios que el trabajo”.

Yo crecí con la idea de que en casa de mi abuela, cuando nos reuníamos cada semana para convivir, no se hablaba de Dios. No por que estuviera vetado el tema, sino más bien por que nadie entendía de que trataba todo eso de la religión y por lo mismo, la política y la economía ocupaban más bien las conversaciones de todos los asistentes.

En ese ambiente creció mi papá. Un entorno sumamente orientado a lograr el éxito profesional de todos y cada uno de los siete hermanos. Mi abuela, vendiendo tortas fuera de una preparatoria, logró pagarle los estudios universitarios a todos sus hijos. Varios maestros, un doctor, un contador  público,  y con este esfuerzo a cuestas, mi papá llegó a ser ingeniero.

Así, para un niño que veía y vivía ese ambiente,  era claro que su papá no creía en Dios, o más bien no lo entendía. Varias veces les pregunté sobre esto a mis tíos (sus hermanos) y todos más o menos coincidían en la misma postura que él: Dios no existe.

Por que habrían de creer si nadie nunca les invitó a hacerlo.

Pero eso nunca influyó para que mi padre, una vez que se casó con mi mamá y tuvo a sus dos hijos (a mi hermana y a mi), quisiera la misma postura de fe para nosotros.

Si bien mi papá no podía hablarnos de Jesús, la Iglesia y el catecismo, si entendía a la perfección que sus hijos debían de conocer el amor al prójimo.

De los recuerdos más maravillosos que aún tengo de mi infancia, están las innumerables ocasiones en que, caminando por la calle con mi papá, este veía a uno o varios niños de la calle y les invitaba a comer una deliciosa hamburguesa de “Burguer Boy” (El Mcdonald´s de los 80´s).

Tengo muy clara esa imagen…. tres niños sentados alrededor de la mesa de un restaurante de comida rápida, dos de ellos con las ropas y el rostro claramente  maltratados y uno de ellos, yo,  vestido tal y como mi mamá me había deseado ver esa mañana, limpio y con tenis nuevos.

Recuerdo que mi papá, después de comprarnos a todos las respectivas hamburguesas, nos invitaba a sentar para que platicáramos algunos minutos en lo que terminábamos de ingerir los alimentos. No está de más decir que la manera en que aquellos niños solían disfrutar la hamburguesa era para mi un claro signo de que no lo podían hacer muy seguido que digamos.

Así, en este ambiente de camaradería infantil, mi papá solía invitarme a dialogar con aquellos niños para que conociera su dura realidad. Ellos me platicaban de sus vidas y yo les platicaba de la mía. Sin pena me explicaban sus razones para haber dejado la escuela y tener que pedir dinero en la calle. Yo les decía, aconsejado por mi padre, que la escuela era algo importante y que en cuento tuvieran la oportunidad debían de regresar. Hoy me queda claro que las oportunidades de que lo hicieran eran prácticamente nulas.

(Cuando uno es niño, los prejuicios y los tapujos no existen, por lo que las pláticas entre pares pueden desenvolverse sin la menor incomodidad)

Este tipo de experiencias se dieron lugar varias veces durante mi infancia. Aquel restaurante de hamburguesas era nuestro lugar favorito para convivir durante los fines de semana y en múltiples ocasiones mi papá provocó que mi hermana y yo no fuéramos los únicos niños sentados en la mesa. No recuerdo el número exacto de ocasiones en que compartimos comida con uno o varios niños de la calle, pero si se que fueron las suficientes como para dejar clavados esos recuerdos para siempre en mi memoria.

Cuando por razones de tiempo no podíamos quedarnos a comer, mi papá compraba las hamburguesas para llevar y me pedía que se las fuera a regalar en persona a aquellas familias que las agradecían sin dudar.

Así, si bien mi padre no me pudo platicar durante mi infancia de un Dios que no conocía, si tenía claro que el amor al prójimo es un conocimiento universal que puede y debe de ser perfectamente transmitido a como de lugar. Mi padre entendía a la perfección lo que significaba ser un hombre de bien.

Otro momento peculiar se dio cuando llegó el momento en que mis padres tuvieron que elegir  la escuela a la que iban a ingresar sus hijos a estudiar la primaria. Contra lo que se pudiera esperar de alguien que no cree en Dios, optaron por elegir un colegio con un sistema católico ¿Por qué habrían de hacerlo si ellos no eran en lo absoluto practicantes (mi mamá incluida)? ¿Por qué un ateo iba a elegir una instrucción del tipo religioso para sus hijos?

Tiempo después, cuando cuestioné a mi papá el motivo de dicha decisión, me respondió: “Si bien en mi educación yo crecí sin necesitar o entender a un Dios, si nos quedaba claro a tu mamá y a mí que una educación integral era algo bueno para nuestros hijos”.

Así, cuando la escuela empezó a fomentar una actividad espiritual en mi hermana y en mi como parte de su sistema de formación, mis padres entendieron que debían de ser coherentes con dichas enseñanzas. Fue entonces que mi papá, desde aquellos primero días de escuela, instituyó como una actividad prácticamente obligatoria para todos los 4 integrantes de la familia…  ¡La asistencia a misa! Una vez más, la idea de ir de la mano con las instrucciones  que nos enseñaban en la escuela fue el motivo de esta decisión.

“Si en la escuela le enseñan a mis hijos a ir a misa, nosotros en la familia seremos coherentes con dicha enseñanzas” fueron sus palabras. Y así fue que la misa se volvió parte de nuestras vidas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero hoy, a casi 25 años de haber tomado esa decisión de llevar a misa a sus hijos para cumplir con la encomienda escolar, mi padre, quien ya no tiene como motivo obligar a sus hijos a cumplir dicha actividad, sigue asistiendo a misa todos los domingos… ¡Incluso solo! Conozco su temperamento, conozco su tesón. Si algo tiene fuerte mi padre es la voluntad y la disciplina. Es de esas personas que nunca deja de asistir periódicamente a realizarse un chequeo médico y jamás olvida tomar una medicina que el doctor le receta. Cuando encuentra que algo le hace bien… ¡No lo deja jamás!

Cuando le veo ser más perseverante en las misas dominicales que incluso su propio hijo (si, debo de reconocer que muchas veces fallo) , es que empiezo a creer que, poco a poco, Dios se le ha venido esclareciendo cada vez más es su vida.

Es por todo esto que, sin tal vez pretenderlo mucho, mi padre que durante muchos años de su vida se declaró ateo, sembró la semilla de la fe en su hijo.

Hoy, mirando al pasado, le agradezco el haber tomado esas decisiones por mi. Le agradezco que, si bien el no lo iba a hacer, si quiso que alguien me hablara en mi infancia de ese tal Jesús de Nazaret.

¡Pero momento…! ¿Quien dijo que mi papá no me habló de Jesús?

Tal vez no lo hizo de la manera tradicional, pero cada vez que invitó a un niños de la calle a compartir la mesa con sus hijos, si que lo hizo. Cuando él procuró que la educación que recibiríamos sus hijos fuera orientada por el amor al prójimo, nos habló de Jesús.

En resumidas cuentas, cuando dejó de lado su propia filosofía de vida, su propio agnosticismo y su tradición familiar y entendió que la fe es parte importante en la educación de todo niño… ahí, ahí nos habló de Dios.


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