Mi conciencia no me deja

24 julio 2009

Hoy mientras manejaba de camino a mi trabajo, me he encontrado con una situación desfavorable de mi parte.

Repentinamente el coche que venia adelante del mio, se ha frenado bruscamente para dar vuelta a la izquierda y provocó que yo tuviera que dar un volantazo a la derecha para poder librarlo. Al hacer esto, igualmente de manera accidental, provoqué el descontrol de otro coche que venía en el otro carril al que me incorporé abruptamente. Este vehículo, afectado por mi movimiento, hizo sonar su claxon al mismo tiempo que hacía todo lo posible por volver a recuperar su posición delante de mi.

Una vez logrado su objetivo de ganarme el lugar delante de mi coche, en una visible agresión de su parte,  el conductor hizo un intento de freno repentino para provocar que yo me descontrolara también. Asustado por esta maniobra frené de imprevisto y casi choco con él. “¡¡¡¿Qué le pasa a este tipo?!!! ,¿Qué acaso no se percató que no fue mi culpa?”

Así que lleno de coraje, decidí acelerar mi coche para ponerme a su lado y hacer que me las pagara.

Una vez que logré colocar mi coche junto al suyo, el hombre bajó su ventanilla y me gritó enojado: “¡El coche se te metió a ti no a mi!” haciendo alución a que no tenía porque pagar las consecuencias de un problema ajeno.  Lleno de coraje, haciendo caso omiso de lo que me dijo, fingí haber notado que algo pasaba en su vehículo dirigiendo la mirada a su llanta delantera y al mismo tiempo que ponía cara de preocupación y le hacía expresiones de alerta, intentando hacerle creer que algo había sucedido en su coche. La persona se mostró sorprendido por mi reacción y de inmediato disminuyó la velocidad mostrando una cara de preocupación por la posible falla de su coche. Unos segundos después noté que se estaba orillando. Ja ja ja… dije yo. “¡Qué tonto es… cayó en el engaño! ” Y de inmediato aceleré para seguir con mi camino sintiendome orgulloso de haber vencido al rival.

Como podrán imaginar, pasó un poco de tiempo y mi aparente victoria se empezó a transformar en una total derrota interior. Como era de esperarse, mi conciencia se activó de inmediato diciéndome: “¡Que mal José Luis! ¡Fallaste! No tienes nada de que enorgullecerte. Sabes a la perfección que tu actitud no fue la correcta… No debió ser. ¡Cristo no hubiera reaccionado así!” No se gana cuando se vence al rival, sino cuando se vence a uno mismo, y yo me dejé ganar por mi coraje.

Mi conciencia tiene razón. Me equivoqué al fallar en el principio universal por excelencia: ama a tu prójimo como a ti mismo. Aunque hubiera existido una razón aparentemente convincente para hacerlo, a mi no me hubiera gustado que alguien me engañara y me tratara como yo lo hice con la persona del incidente.

A unas cuantas horas del suceso razono lo siguiente:

Si ya había logrado emparejar mi coche junto al del otro señor, y además él bajó su ventanilla para entablar un diálogo conmigo (agresivo si quieren, pero oportunidad de diálogo al fin) lo que me hubiera gustado hacer en lugar de lo que hice  es bajar mi ventana igualmente y… ¡Pedirle perdón! No hubiera importado si la culpa fue mía o de alguien más, pedirle un disculpa por la molestia causada sobreponiéndome a mi coraje hubiera sido lo correcto. Además, haciendo esto,  seguramente también hubiera logrado bajar su nivel de agresión y lo hubiera acercado a entender más mi situación.

Fallé. Punto.

No pude actuar como ahora, ya con calma, hubiera querido.

Lo único que me queda esperar es que mi mentira no le haya provocado a ese amigo un contratiempo mayor. Me siento mal por haber obrado mal.

Pero algo bueno obtengo de este incidente. Estoy contento de saber que mi conciencia está correctamente calibrada. Equivocarse es naturaleza humana, pero reconocer el error propio es consecuencia sólo de haber procurado formar bien la conciencia.

El arrepentimiento es una gracia que Dios concede… es decir, hay que pedirle a Dios que nos permita darnos cuenta del mal que hacemos. Nosotros no nos bastamos para ver lo que debemos de ver (ética), necesitamos ayuda. Así que es Dios, a través de nuestra conciencia, quien nos indica si hemos actuado de acuerdo a su voluntad o no. Así que, hacer caso omiso de lo que  dice tu conciencia (sobre todo a temprana edad) es comenzar a cerrar el medio por medio del cual Dios se vale para indicarnos el camino correcto. Es responsabilidad de cada hombre, cuidar y formar (dar mantenimiento dirían los ingenieros) el medio por el que Dios se comunica con nosotros.

Yo me equivoqué grávemente el día de hoy, ya que le fallé a mi prójimo (le fallé a Cristo). Desearía no haberme comportado como un patán. Sin embargo no me queda más que proponerme fervientemente no volver a dejarme llenar por la ira (un pecad capital) y agradecerle al Señor por habermen regañado.

Cristo, te ofrezco mi arrepentimiento a ti y, como estoy seguro que me lo pedirás cuando me confiese el próximo domingo, al señor del coche también.

Así que envío, aunque se un poco tarde, desde la ventanilla de mi conciencia la siguiente misiva:

“Querido amigo del coche de la mañana, donde quiera que estés… ¡mi más sinceras disculpas!”


Una buena confesión

6 julio 2009

Sin lugar a dudas uno de los sacramentos que más entusiasmo causa en mi vida es el de la penitencia, cuya impartición es dada a través del acto de la confesión.

Digo que es un sacramento que me entusiasma ya que es por medio de este que Dios me demuestra que, a pesar de mi naturaleza plenamente humana y animal (a veces más animal que humana… je je), me ama incondicionalmente.  

Soy pecador, como cualquiera. Pero para mi fortuna y la de toda la humanidad, Jesús, gran conocedor de esta naturaleza humana sumamente imperfecta y caida, nos dejó una gran herramienta de salvación: la posibilidad de recibir perdón por nuestros errores. ¿Cómo? a través de la confesión.

Toda una enciclopedia se podría escribir sobre el principio y el fundamento de este valioso sacramento pero hoy quisiera centrarme en transmitirles algunas cuestiones muy concretas que a mi me suelen funcionar para que el perdón de Dios brinde sus mejores frutos. He aquí alguno recomendaciones:

1.- Una buena confesión se prepara con tiempo y anticipación… Llegar a la fila del confesionario y comenzar a reflexionar sobre nuestro actuar imperfecto de tiempo atrás no es lo más recomendable para profundizar verdaderamente. 

2.- Termina cada jornada con un balance del día en el que reflexiones sobre tus actos cotidianos. Hacer esto te ayudará sin duda a la preparación de una buena confesión ¿Por qué? porque cuando te veas en la necesidad de preparar tu confesión serás más consciente de tus pecados diarios.

3.- Escribe tu confesión. Cuando preparo mi confesión, trato de escribir mis faltas en una hoja de papel, misma que posteriormente llevo conmigo al confesionario. Esto evita que se me olvide algún pecado. Ante esto, más de un sacerdote se ha visto sorprendido cuando ven que lo que hago es leer mi enorme lista de pecados, en vez de sólo intentar acordarme de unos cuantos si lo hago semi improvisando al estar hincado en el reclinatorio. 

4.- Encomiéndate al Espíritu Santo para que te ayude a realizar una buena confesión. Pedir ayuda y los dones necesarios es signo de madurez espiritual. Antes de volverte hacia ti y tus asuntos, primero acude al cielo de donde, al final de cuentas, vendrá el perdón que solicitas.

5.- Hazte a la idea de que tus pecados no son en nada especiales y únicos. La gran mayoría de los sacerdotes, ya han escuchado tus mismos pecados de boca de otras personas una y otra vez. ¡Que no te de pena! Confesarte no te hace menos humano sino más.

6.- Una vez que estés enfrente del sacerdote libérate de orgullos, penas y prejuicios. No es él quien te está perdonando, es Dios mismo quien lo hace a través de su intercesión. Vale la pena mencionar en este punto lo que alguna vez me comentó un sacerdote al respecto “He llegado a confesar a personas que se dirigen a mi en su dialecto o idioma, mismo que yo desconozco, y aún así es válida la confesión, lo importante no es que lo entienda yo sino Dios”

7.- Lleva contigo el acto de contrición cuando vayas a confesarte. Dependiendo de qué sacerdote te confiese, te pedirá que reces o no esta oración dedicada a renovar tu promesa de vida de gracia a Dios y suele pasar que no nos la sabemos. Aunque algunos confesionarios tienen disponible la oración en un lugar visible cerca del reclinatorio, no siempre es así y es mejor ir preparado. Aprenderla de memoria sería lo ideal, pero hay quienes por nuestra poca retención siempre nos tenemos que ayudar del papel. (Yo la llevo apuntada en mi agenda electrónica.)

8.- Dialoga con el sacerdote sobre tus dudas. Después de haber dicho tus pecados, el sacerdote te ofrece unas palabras de motivación para lograr una vida de gracia. En ese momento puedes aprovechar para consultarle alguna duda particular sobre tu situación espiritual. Sin pretender que esta se torne en una completa y profunda dirección espiritual, si que puedes aprovechar la confesión para dialogar con el sacerdote un poco sobre alguna situación en particular que te esté costando más trabajo para vivir en estado de gracia. 

8.- ¡Reza la penitencia inmediatamente al salir! Recuerda que para que la confesión sea válida es necesaria culminarla con el cumplimiento de la penitencia y que mejor momento para realizarla que una vez que ya has recibido la gracia necesaria para emprender una nueva vida. Piensa que la penitencia es la primer oportunidad que tienes de demostrarle a Dios lo auténtico que es tu arrepentimiento.

9.- ¡Pide confesiones!. Si alguien me pregunta unos días antes de mi cumpleaños “¿José Luis qué te gustaría recibir de regalo?” Yo le diría “Regálame tu confesión”. El mejor regalo que puedo recibir ese día es saber que mi gente querida está en amistad con Dios. De igual manera pídele a tus seres queridos que se acerquen a la confesión. A Dios le encantará saber que fuiste la causa de lograr el arrepentimiento de tu prójimo.

10.- ¿Cada cuando confesarte? La iglesia sugiere que te acerques al sacramento de la reconciliación por lo menos cada quince días. Si embargo, si el pecado que cometiste es grave, yo te sugeriría que buscaras a un confesor lo antes posible. No dejes que tu alma guarde por mucho tiempo algo que no le ayuda a acercarse  a Dios. Si algo te aleja de Cristo… ¡Córtalo de raíz inmediatamente! 

Como conclusión podría decir que el grado de satisfacción y plenitud que sentirás tras acercarme al sacramento del perdón, estará proporcionalmente ligado al grado de preparación y reflexión que hayas tenido para presentar tu confesión ante Dios. Piensa que acercarte al perdón de Dios es una gracia inmensa que debe ser valorada en su justa dimensión. El perdón que le pedimos a Dios debe de nacer del corazón pero presentarse y meditarse con la razón.


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 55 seguidores