Miércoles de ceniza

10 marzo 2011

Ayer fue miércoles de ceniza…

Yo atendí con mi familia a recibir la señal de la cruz a la Iglesia que está enfrente de mi casa. Las calles de enfrente del templo fueron cerradas pues es costumbre en nuestro país (y me imagino que en mucho otros países también) que en este día se instalen a las afueras de las Iglesias pequeñas ferias (juegos mecánicos) y puestos de comida que sirven para congregar a los asistentes a la celebración del inicio de la Cuaresma. Todo esto con el objetivo de proponer una amena convivencia familiar.

Pero como sea que cada parroquia decida celebrar este día, lo importante es recordar que la Cuaresma nos lleva a meditar que el alma y el cuerpo deben de entrar en una etapa de preparación para vivir la Semana Santa (40 días de preparación espiritual)

En especial a mi me resulta más fácil asumir compromisos (físicos y espirituales) durante estos 40 días que en el año nuevo. La imagen de Jesús en el desierto me ayuda mucho a querer imitarle sobreponiéndome a las tentaciones del cuerpo y del espíritu.

Así que antes que nada, ayer aproveché para confesarme pues tener el alma tranquila y limpia es indispensable para poder dominar los retos del cuerpo.

Les invito a que ofrezcan de todo corazón a Dios su arrepentimiento sincero por los pecados cometidos y sobre todo una sincera intención por buscar la santidad día a día.


Los siete pecados capitales

6 abril 2010

¿Quieren un gran consejo para preparar una buena confesión? Apóyense de los pecados capitales. No, no estoy diciendo que practiquen los pecados capitales, tan solo les digo que los utilicen como guía en el análisis de su alma.

Dejen explicarme un poco más…

Si uno examina a conciencia todos los actos de pecado que cometemos a lo largo de nuestra vida y en el día a día de nuestro peregrinar en la búsqueda de la salvación, nos percataríamos que todo el mal que hacemos tiene como fuente alguna de estas siete semillas de cizaña: gula, pereza, ira, vanidad, envidia, soberbia y lujuria.

Son la raíz de todo pecado. Son los motores que, en el interior de todo ser humano, nos hacen caer una y otra vez. Nos arrastran hacia el mal que no queremos y nos alejan del bien que añoramos. Los siete pecados capitales son el origen de nuestra debilidad y de todas nuestras ofensas hacia Dios y hacia los hombres.

Así que cuando te encuentres preparando tu mente y tu alma para confesarte te sugiero que te hagas las siguientes preguntas:

¿He pecado de gula? (Desorden en el comer y el beber)

¿He pecado de pereza? (Desorden en mi forma de descansar y no ser militante)

¿He pecado de ira? (Desorden en el control de mi temperamento y falta de caridad ante el prójimo)

¿He pecado de vanidad? (Desorden en la imagen que debo de tener sobre mí mismo)

¿He pecado de envidia? (Desorden en mi apego a lo material y lo mundano)

¿He pecado de soberbia? (Desorden en mi relación con Dios)

¿He pecado de lujuria? (Desorden en mi búsqueda de placer)

Como se podrán dar cuenta, y así los he querido exponer, los pecados capitales no son otra cosa que un desequilibrio de lo que debería de ser orden y armonía y no lo es.  Por eso les podríamos conocer también como desórdenes, ya que son el producto de la falta de una estructura que organice y acomode rectamente nuestra tendencia hacia lo bueno y lo malo. ¿Y en quien podríamos encontrar mejor esta recta guía que en Cristo nuestro Señor? Él y solo Él nos sabe ordenar.

Recuerdo que alguna vez en dirección espiritual se me comentó que, de hecho, si uno desea simplificar todavía más el tema, podríamos decir que todos nuestros defectos dominantes son producto de dos pecados nada más: soberbia y pereza, ya que estas son la madre de todas las demás. Y yo me atrevería a decir que, de las dos, la primera es la más peligrosa. ¿Por qué? Pues por que la soberbia fue la que motivó a nuestros primeros padres en la tierra (Adán y Eva) a morder la manzana prohibida. La soberbia es la que expulsó a Lucifer del cielo y lo convirtió en el príncipe del mal. La soberbia es la que puede hacernos creer que Dios no es tan necesario después de todo.

Quien cree que pude y debe de estar por encima de Dios, está caminando completamente en la dirección opuesta.

Así que, simplificando una vez más, esta podría ser la pregunta única y básica de toda reflexión de conciencia:

¿Me estoy acercando o alejando de Dios?

Por eso, analizar nuestros actos a la luz de los 7 pecados capitales ayuda mucho, ya que nos recuerda que la fuente de nuestro mal obrar siempre es la misma: olvidarnos de quien quiere el bien por encima de todas las cosas, olvidarnos de Dios.


Buscar la gracia

5 abril 2010

Ayer, cuando me acerqué a la última misa del día, la de las 8:00 pm, para buscar aprovechar la ceremonia para encontrarme a un sacerdote en el confesionario de la Iglesia me percaté que este… ¡estaba vacío! Se me informó que aparentemente durante esa misa no iba a haber confesiones. (Los sembradores son pocos y la mies es mucha)

¡No puede ser! Me dije a mi mismo. Prometí que me iba a confesar como propósito de Semana Santa y resulta que no podré cumplirlo en tiempo. Ya había asistido a misa en la mañana y también me había resultado complicado encontrar a un sacerdote disponible para confesarme, así que pensé que durante la noche si lo conseguiría.

Junto al confesionario, existe un pequeño cuarto de oración con una imagen de la Virgen de Guadalupe, así que me dije a mí mismo: “Pues aunque sea a pedir perdón en oración frente a mi madre”, y me arrodillé frente a su dulce presencia y empecé a orar con penitencia. Después de presentar mis disculpas por los pecados cometidos contra su hijo, recé un misterio del rosario y me dispuse a abandonar el recinto no sin antes pedirle que intercediera por mi para poder confesarme prontamente en los próximos días.

Estaba yo en las escalinatas que comunican a la Iglesia con la calle cuando pensé: “¡Un momento! ¿Y si busco yo ir la gracia en vez de esperar a que esta venga a mi? ¿Lograré algo? ¿Qué puedo perder?”

Sin pensarlo me dirigí a la sacristía ubicada en la parte trasera del altar y esperando no interrumpir los preparativos de la misma que estaba por iniciar pregunté: “¿Hay algún sacerdote que me pueda confesar?” Sorprendidos por mi repentina aparición en este lugar, el párroco de la Iglesia me comentó: “Yo te confieso, pues quien oficiará esta última misa será otro sacerdote, ya que me  tengo que retirar a otro compromiso”. Acto seguido me dirigió a una pequeña sala de estar que se encontraba cercana a la sacristía y con toda atención escuchó mi confesión.

Wow… que bien! Misión cumplida. Mi conciencia está renovada una vez más. Tan sólo hacía falta preguntar si alguien me podía ayudar, en vez de asumir que no se iba a poder lograr por los medios tradicionales. Como dice mi esposa, si ya tienes el no, pues ahora ve por el sí.

Las gracias de Dios se buscan, no se esperan así nada más.  Dios nos dice, ayúdate que yo te ayudaré.


Mi propósito de Semana Santa

29 marzo 2010

En esta Semana Santa tengo un propósito muy decidido. Me quiero acercar el sacramento de la confesión de la mejor manera posible.

Ya en anteriores ocasiones he expuesto algunos consejos para realizar una buena confesión, así que pienso poner dichos consejos en práctica hoy más que nunca.

Así que voy a agarrar papel y lápiz y me voy a poner a escribir todos mis pecados… ¡Adiós pena y adiós vergüenza! La intensión es llegar bien preparado al confesionario para que no quede lugar a dudas de que quiero recibir el perdón de Dios.

Si en esta semana vamos a conmemorar el acto de amor más grande que la humanidad haya visto, no me pienso quedar sin hacer algo al respecto.

Es por esto, mi buen amigo Jesús, que para agradecerte lo que has hecho por mi, quiero humildemente, dedicarte  mi arrepentimiento sincero por todos y cada uno de mis pecados.

¡Cristo, amigo, nos vemos en el confesionario!


Admirar las estrellas…

11 marzo 2010

La semana pasada cuando asistí a misa quise confesarme ya que ya llevaba algo de tiempo sin hacerlo (Créame, para mi más de quince días sin pedir perdón son una eternidad)

Así que al ver que un sacerdote ingresaba al confesionario listo para escuchar a quienes desearan remover el lodo de su alma, me levanté de mi asiento y me dirigí a pedir perdón a Dios.

Desde luego no será este blog un medio para difundir los pecados que confesé en ese momento, pero si me veo en la necesidad de platicarles cual fue la penitencia que el sacerdote me impuso como medio para repara mi alma: admirar las estrellas.

“¿Quéeee? ¿Es en serio?” Pensé en mi interior… ¿Admirar las estrellas era mi penitencia? Más sorprendido que calmado, agradecí al padre la atención de confesarme y me dirigí de nueva cuenta a mi lugar. Con una sonrisa de incredulidad en el rostro me puse a meditar acerca de la penitencia que recién había recibido.

Normalmente las penitencias vienen en términos de oraciones, misas, rosarios, comuniones, etc por lo que me pareció bastante simpático que el sacerdote me dejara algo tan simple y diferente.

Siempre procuro cumplir de manera inmediata la penitencia tras mis confesiones (así me aseguro de no olvidar cumplirla), y dado que que la misa aún no había comenzado y era de noche, me tomé un tiempo para salir del recinto a cumplir con la encomienda pactada.

En medio del conglomerado de gente que usualmente siempre se forma afuera de las glesias antes de iniciar la misa (y que por arte de magia desaparece como por arte de magia cuando el sacerdote asoma la cabeza para ingresar en el altar) levanté mi rostro al cielo y me dispuse a cumplir mi penitencia.

La ciudad de México no se reconoce por ser precisamente un estupendo centro de observación astronómica. La contaminación que nosotros los capitalinos hemos provocado es en gran parte la culpable de que ya no podamos ver el esplendor del cielo creado por Dios. Pero por alguna razón esa noche si que se podían ver varias estrellas. ¡Increíble! Inmediatamente recordé cuantas veces hice eso mismo cuando era niño.

Pensar en mi infancia y las estrellas me llevó a recordar la vez en que salí de viaje con mis papás y por alguna razón que no recuerdo, nos vimos en la necesidad de parar el coche en medio de la carretera durante la noche. Recuerdo haber estado parado a un costado de la negra autopista aprovechando aquel momento de pausa vehícular para admirar las estrellas que en aquel punto del planeta se veían como pintadas para la ocasión. Para quienes lo han experimentado, ver el cosmos en una carretera completamente oscurecida por la noche es… ¡Simplemente espectacular!

Recuerdo que aquella noche en la carretera, teniendo yo aproximadamente unos 10 años de edad, al elevar la mirada al cielo para ver las estrellas brillar sentí…¡Miedo! Si, miedo de la grandeza del infinito. Sentí como si yo estuviera parado al borde de un precipicio del que podría caerme en cualquier momento y perderme por siempre en el mar de estrellas. Pero también recuerdo que dicho miedo… no era como los otros temores que se pueden sentir ante la presencia del peligro. Era más bien como un miedo de incredulidad, de sorprendimiento, de reconocerme por primera vez pequeño e infinito ante el universo. Era una sensación que, de hecho, no me desagradaba del todo. Más bien me provocaba cierto nerviosismo pero del que también emanaba una fuerza interior. Era ese sentimiento de estar presente, inmóvil ante un objeto millones de veces más grande que yo pero que no me haría daño. Simplemente estaba ahí, para que yo lo admirara. Esa era su función ¡Extraño, lo se! Pero así fue.

Al volver al coche para proseguir con la ruta del viaje no pude pensar en otra cosa más que en Dios. Así se debe de sentir el temor a Dios. A eso se refieren las escrituras cuando nos invitan a temer al Señor. No porque debamos huir de su poder y castigo, sino más bien porque su grandeza es tal comparada con nuestra pequeñez que la comparación entre ambos seres no puede producir otra cosa que miedo… el mismo miedo que sentí yo aquella noche al ver el cielo en medio de la carretera. Miedo a la grandeza inalcanzable, miedo a quien fue capaz de crear el infinito, miedo  a quien tiene el poder de destruir pero no lo hace, miedo a quien tiene poder sobre ti pero te deja libre. Es un miedo que te acerca al ser temido más que alejarte el Él.

Regresando a mi penitencia de admirar las estrellas, esta me llevó a recordar aquel miedo que una vez sentí en presencia del cosmos y la noche.

La peculiar encomienda dictada por Dios en voz del sacerdote, me llevó a recordar que es justamente ese ser, tan grande y maravilloso, capaz de lo imposible, que creo las estrellas y el vacío que me dieron miedo aquella noche en la carretera, ese ser es el mismo que se sienta a mi lado y me perdona mis pecados.

Ese es Dios, el que es más grande que el cosmos que Él mismo creo pero que al mismo tiempo se convierte en un pedazo de pan dando lugar al milagro de amor más infinito.

Disculpen si fui un poco abstracto en este ocasión, pero tenía que platicarles de mi penitencia, esa que que me llevó a rememorar lo que hace mucho tiempo no sentía: el miedo a mi Dios, a mi amigo.


Oye papá (IV)

20 octubre 2009

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Esta sección tiene como objetivo profundizar en los temas centrales de nuestra fe católica. Responder a preguntas que cualquier católico o no católico se pudiera estar realizando acerca de nuestra religión y su modelo de espiritualidad. Los invito a enviarme sus comentarios y preguntas  alsiguiente correo para que puedan ser tratadas en esta sección. Para una mayor formación en los distintos temas aquí tratados,  Diario de un Católico recomienda la consulta constante del Catecismo de la Iglesia Católica en cualquiera de sus ediciones disponibles.

El tema central de esta sección gira en torno al diálogo que sostienen un niño de 10 años con su padre al respecto de las dudas humanas y espirituales del primero. El niño representa la inocencia de quien está aprendiendo y madurando y que por lo tanto tiene sed de conocimiento, mientras que el papá representa la fuente de tal conocimiento y la experiencia de quien ya ha profundizado en la búsqueda de la verdad y desea transmitirla a quien más ama. Padre e hijo salen a caminar todos los días un rato para platicar en la espera de la cena que mamá les está preparando en casa.

Hijo: Oye papá ¿Por qué me tengo que confesar?

Papá: Querido hijo, hay que confesarnos principalmente por la necesidad que tenemos los seres humanos de arrepentirnos de nuestros errores. Dios no nos hizo perfectos y como tal podemos equivocarnos muchas veces a lo largo de nuestra vida. Pero Dios en su gran amor hacia nosotros nos regala la oportunidad de confesar nuestras faltas por medio del sacramento de la reconciliación y así obtener su perdón.

Hijo: ¿Sacramento? ¿Por qué la confesión es un sacramento?

Papá: La confesión y los demás sacramentos (bautismo, confirmación, comunión, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos) son llamados así pues son “signos sensibles” que Dios nos da cuando se lo solicitamos. Es decir, Dios a través de cada uno de los sacramentos nos deja un huella que refleja su amor por nosotros. En el caso del sacramento de la confesión, Dios deja la huella del perdón.

Hijo: No entiendo bien eso de la huella ¿Me podrías explicar un poco más?

Papá: Claro que si. Mira, imagina que un sacramento es como una experiencia de vida en la que Dios se hace presente de manera personal y definitiva en tu persona. Cuando acudes a confesarte, el sacerdote sirve como intermediario entre tú y Dios y una vez que obtienes la absolución por parte del padre, entonces Dios se adentra en tu persona y te impregna con la huella de su perdón. Por ejemplo de manera similar, en el caso del sacramento del Orden Sacerdotal, Dios se hace presente para cada uno de los candidatos que por vocación solicitan ser tocados por Dios con la huella del poder sacerdotal.

Hijo: ¿Y que significa que Dios te deja una huella en tu interior?

Papá: Como lo mencioné, es un toque especial de Dios a tu persona. Cuando Dios, por medio de la imposición de un sacramento, te concede un signo también te está llenando de fuerzas especiales relacionadas a ese sacramento. Así, por ejemplo, cuando una pareja decide casarse y se acercan por propia voluntad al sacramento del matrimonio, estarán recibiendo dones especiales por  parte de Dios nuestro Señor para poder vivir la fidelidad en su vida matrimonial.

Hijo: ¿Y en la confesión que gracias recibo?

Papá: Ah pues como bien podríamos imaginar, quien se acerca con toda la disposición de recibir el sacramento de la reconciliación, recibe la ayuda de Dios para fortalecer su alma ante el pecado y no volver a caer en las mismas faltas. Por eso, quien se confiesa de manera constante, digamos por lo menos cada 15 o 20 días, puede asegurar que Dios le tienen en consideración para fortalecer cada vez más su alma.

Hijo: O sea que entre más me confieso… ¿Más fuerte soy?

Papá: Así me gusta verlo hijo mío. Ya de por sí el sentimiento de arrepentimiento es un fuerte indicativo de tener un alma poderosa que, si le agregamos la voluntad de reparar el mal realizado y la firme convicción de no volver a pecar, se irá asemejando cada vez más a la de Cristo.

Hijo: Además, si me confieso puedo comulgar ¿verdad?

Papá: En efecto. La Iglesia pide que tu alma esté en estado de gracia para recibir a Jesús en la Eucaristía. Además, considera lo siguiente: cuando nos acercamos a la confesión es Jesús mismo quien nos está perdonando. A Cristo le encanta perdonarnos. No importa que tan pequeós o granves sean nuestro pecados, Cristo siempre está abierto a extendernos su perdón.

Hijo: Quisiera perdonar tan fácil como Él…

Papá: Primero aprende a pedir perdón y poco a poco irás aprendiendo a perdonar.

Hijo: Por cierto papá…. hablando de perdonar, hay algo que quisiera comentarte.

Papá: Te escucho hijo.

Hijo: ¿Te acuerdas de aquella ocasión en que me enojé por que  mamá y tú no me quisieron comprar el juguete que salía en la tele?

Papá: Como olvidarlo. Si hasta recuerdo que del coraje que tenías no quisiste cenar. A tu mamá y a mi nos dolió mucho verte así.

Hijo: Pues quiero pedirte una disculpa por haberme portado así. Es algo que desde hace tiempo que te quería decir pero hasta ahora, que hablamos del sacramento de la confesión es que encuentro la oportunidad de hacerlo. Tenía miedo que me dejarás de querer por portarme así de mal en aquella ocasión.

Papá: Querido hijo, agradezco la confianza que me tienes para hablarme con sinceridad y te ofrezco de todo corazón mi cariño, el cual nunca se verá afectado por tus acciones. Como seres humanos nos equivocamos y nos levantamos y así, como  nos gusta que nos perdonen, debemos de perdonar. Que te acerques a mi a pedir perdón es una muestra de tu madurez y generosidad. ¡Gracias hijo!

Hijo: Me  gustaría ir con mamá para también ofrecerle una disculpa.

Papá: Me parece una excelente idea. Estoy seguro que a tu mamá al igual que a mi le encantará escuchar tu sentimientos al respecto.


La necesidad del perdón

2 septiembre 2009

¿No les ha pasado que tras un tiempo más o menos prolongado de no confesarse empiezan a sentir una inquietud espiritual bastante fuerte? Pues en esa situación me encuentro yo. Como pecador innato que soy (canija condición humana) suelo tratar de confesarme cada 15 o 20 días. Sin embargo por razones de disponibilidad de tiempo he dejado de hacerlo desde hace ya varias semanas y me siento muy incómodo.

No es que tenga que confesar algo grave, pero el cúmulo de pequeñas faltas en el día a día acaban pesando casi igual o más que un gran pecado.

Habiendo sacado esto a relucir, vale la pena también mencionar que es justo en estos momentos de incomodidad espiritual en donde debemos de atender al llamado de Dios en nuestra consciencia. Si uno deja pasar demasiado tiempo sin limpiar la conciencia de este estado, corre el riesgo de que la mente asuma como normal la situación y entonces venga el verdadero peligro del pecado: Acostumbrarse a él.

El Papa Pio XII decía: “El peor pecado del hombre contemporáneo es justamente haber  perdido la conciencia misma del pecado”

Es decir, caerse y equivocarse es propio de la condición humana, pero levantarse y disculparse también (bendita condición humana) así que el error más grave no está en el caerse la primera vez, sino acostumbrarse a que el mejor estado es el de permanecer en el piso.

Así que, sintiéndome como me siento, espero no prolongar más el volver a entrar en vida de gracia.


Consejos prácticos para ir a misa…

7 agosto 2009

misaCuando de hablar de misa se trata, un sin fin de cosas se pueden decir.

Siendo la misa dominical el momento culminante de la semana de un católico, merece que le demos la importancia y el respeto que se merece. Por eso he querido publicar 10 consejos prácticos a tomar en cuenta para recibir las mayores gracias y beneficios de este encuentro con Dios tan especial. Espero que les sirvan.

1.- Prepárate para ir a misa. Recuerda que el Domingo es el “día del Señor” (del latín Dominicus dei) y como tal deberíamos de entenderlo. Recomiendo que por lo menos una hora antes de ir a misa empieces a prepararte espiritualmente. No olvidemos que para poder recibir la santa comunión nuestro cuerpo debe de estar en un estado de gracia y ayuno óptimo. No ingerir alimentos una hora antes es importante.

2.- Arréglate. Dado que el domingo es un día de descanso, es común encontrar en misa a gente con playeras futboleras y ropa deportiva muy informal. Si nos ponemos guapos para ir a una primera cita con la mujer o el jóven de nuestros sueños ¿Por qué no habríamos de hacerlo para visitar al “amor” en sí mismo: Jesús? Formalidad en exceso no es requerida pero si una vestimenta semiformal que sea digna del rito.

3.- Siéntate hasta adelante. Parecería que sentarse en la fila de hasta adelante en cualquier actividad va contra la naturaleza humana (nunca he entendido por qué), pero este consejo tiene dos finalidades. Por un lado se trata de lograr evitar el mayor número de distracciones posibles durante la misa, ya que cuando nos sentamos o nos quedamos parados en la parte posterior de la Iglesia nuestra atención se suele ir con las personas que tenemos por delante o que entran y salen del recinto. Además, como segundo punto, para sentarse hasta delante suele ser necesario que adquieras el hábito de llegar temprano a la misa. Lo que me lleva de manera directa al siguiente consejo…

4.- Se puntual. Y cuando me refiero a ser puntual no quiere decir que debes de llegar “en punto” sino por lo menos 10 o 5 minutos antes de iniciar la misa. Las iglesias normalmente avisas 30 minutos antes con campanadas el inicio de la siguiente misa. Es común que en algunas parroquias antes de cada misa se comience a rezar un rosario como atención a la Virgen María, así que puedes aprovecharlo. La intensión es que te valgas de esos momentos de silencio y reflexión antes de que llegue el sacerdote para preparar tu alma para el rito divino que está por suceder.

5.- Calendariza los horarios de misa de las Iglesias más cercanas. En la ciudad en donde yo vivía hace unos meses (Cancún) era de gran ayuda que todos los domingos se publicara en el periódico de mayor circulación de la ciudad, los horarios de la misa dominical de todas y cada una de las Iglesias de la ciudad. Yo recorté este publicado y lo pegué en el corcho de la cocina de mi casa y me servía como referencia para consultar los horarios de misa a las que podía acudir en caso de que, por alguna razón, me fuera imposible asistir a la  misa a la que yo habituaba. Dado que ahora en la ciudad de México no existe esta publicación (¡sería genial que perdieran le miedo a hacerlo!), lo que hice fue tomar una foto con mi celular del cartel que se muestra afuera de la Iglesia con los horarios de la misa. Lo mismo pienso hacer con las otras dos o tres iglesias que me quedan cerca.

6.- Compra el misal dominical. Tener un misal dominical ayuda mucho para poder aprovechar la misa. ¿Por qué? Porque normalmente las publicaciones de los “propios de la misa” (así se les dice) vienen acompañadas con reflexiones valiosas de parte de expertos, santorales, recordatorios de festividades de cada día  así como otras explicaciones valiosas sobre la liturgia. Cabe mencionar que contar durante la semana con las lecturas que se harán el siguiente domingo es una excelente oportunidad para meditarlas previamente. En la Editorial San Pablo pueden suscribirse o comprar el misal dominical anual.

7.- Confiésate. El domingo es el día de la confesión por excelencia. ¿Por qué? Por que es el día en que, en la mayoría de las Iglesias, por lo menos se aseguran que un sacerdote está dedicado de tiempo completo a confesar. Haber preparado la confesión con anterioridad es crucial, de tal manera que también obtengamos el mayor beneficio de este sacramento. Ya publiqué un post sobre algunos consejos para hacer una buena confesión.

8.- Pide colaborar con las actividades propias de la misa. Coméntale al sacerdote sobre tu deseo de hacer una de las lecturas de la misa, que te permita acolitar, recolectar el diezmo o entregar las ofrendas (no es tan difícil como normalmente se cree). Si ya hay alguien designado para hacerlo (como debe ser) y por alguna razón no te es permitido participar en esta labor, sugiere apoyar previo a la misa o posterior a ella con otra actividad ¿Cual? Pues cualquiera que venga de tu iniciativa y que aporte algún valor: dirigir un misterios del rosario, entregar los misales en la entrada, ayudar a la gente adulta con dificultades para caminar a llegar a su lugar, entregar un boletín con una relfexión sobre el pasaje del evangelio que se va a leer, en fin… de lo que se trata es que te involucres activamente en la misa.

9.- Promueve la misa. No dejes que una reunión de amigos o un viaje te detenga para asistir a tu cita semanal con Dios. En todas las localidades del país existe una Iglesia que te ofrece la oportunidad de ir a misa todos los domingos. Si estás de viaje, invita a tus acompañantes a buscar una Iglesia para ir a misa el domingo. Si  tienes pensado organizar un plan para salir a divertirte con tu familia o amigos el domingo, incluye dentro del plan el asistir a misa primero. “Qué les parece si nos vemos todos en la Iglesia, tomamos misa temprano, y de ahí nos vamos al teatro” Te sorprenderás de la respuesta positiva de la mayoría (en el interior a nadie le gusta decir que no a una misa).

Y el último y más importante…

10.- Disfruta la misa. No sientas que estás cumpliendo con un compromiso formal obligatorio. Acude a misa con la actitud de quien va a visitar a un amigo, de quien se sabe amado y bendecido. Céntrate en mirar, durante una hora, de frente  a Cristo. Dialoga con Él en tu silencio y no dejes que nadie ni nada te perturbe. La misa es lo que le debe de dar sentido a toda tu semana. Si el sacerdote es un gran orador o no, no tiene importancia, él está ahí para hacer posible el sacramento de la eucaristía y eso es lo valioso.

Alguna vez escuche que alguien decía: “Si los católicos verdaderamente creyeran que Dios se hace presente en cada misa, nunca debería de querer salir de las Iglesias…”


Sobreviviendo al mar

27 julio 2009

Seguramente ya muchos se habrán enterado de la experiencia tan trágica que vivieron los pasajeros del buque de la armada “El Maya”.

La noche del 2 de julio, 79 familiares de presos de las Islas Marías, 10 misioneros católicos y 30 marinos que tripulaban la nave se percataron que, 4 horas antes de llegar a su destino final (sarparon del puerto de Mazatlán con destino a las Islas Marías), el barco se empezó a incendiar. Obligados por este siniestro, y coordinados de manera ejemplar por el grupo de marinos, todos saltaron al mar y se subieron a las lanchas salvavidas.

Afortunadamente, unas horas después, y gracias  a que una avioneta particular pasó por la ruta, fueron rescatados con vida y llevados a su destino final. Habiendo pasado por esta experiencia tan aterradora (que incluyó algunos tiburones merodeando las balsas salvavidas) cualquiera hubiera decidido desistir de la misión original y regresar a casa. Sin embargo, los misioneros, comandados por el padre Bernardo Skertchly decidieron no dar marcha atrás y llegar a cumplir su objetivo final: misionar a los presos y sus familiares de las Islas Marías.

La historia completa puede leerse en el diario Reforma en la edición del 25 de julio, así como también pueden encontrarse (aún)  los videos del testimonio del padre Bernardo junto con una chica misionera que vivió igualmente la experiencia en la versión en línea del periódico.

Vale la pena recalcar la templanza mostrada por el padre en el momento en que todos los tripulantes, creyendo que iban a morir, le piden que los confiese. El padre Bernardo, ante la multitud de 40 personas exclamó: “Para todos los que estén arrepentidos, ésta es una absolución general, los absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y… ¡nos vemos en el cielo”

Afortunadamente, Dios permitió un final feliz  y nos dio una muestra más de cómo se hace presente en medio de cualquier tragedia.

Sin duda alguna, para mi esta expresión de “¡Nos vemos en el cielo!” es un nuevo himno de esperanza y fe.


Mi conciencia no me deja

24 julio 2009

Hoy mientras manejaba de camino a mi trabajo, me he encontrado con una situación desfavorable de mi parte.

Repentinamente el coche que venia adelante del mio, se ha frenado bruscamente para dar vuelta a la izquierda y provocó que yo tuviera que dar un volantazo a la derecha para poder librarlo. Al hacer esto, igualmente de manera accidental, provoqué el descontrol de otro coche que venía en el otro carril al que me incorporé abruptamente. Este vehículo, afectado por mi movimiento, hizo sonar su claxon al mismo tiempo que hacía todo lo posible por volver a recuperar su posición delante de mi.

Una vez logrado su objetivo de ganarme el lugar delante de mi coche, en una visible agresión de su parte,  el conductor hizo un intento de freno repentino para provocar que yo me descontrolara también. Asustado por esta maniobra frené de imprevisto y casi choco con él. “¡¡¡¿Qué le pasa a este tipo?!!! ,¿Qué acaso no se percató que no fue mi culpa?”

Así que lleno de coraje, decidí acelerar mi coche para ponerme a su lado y hacer que me las pagara.

Una vez que logré colocar mi coche junto al suyo, el hombre bajó su ventanilla y me gritó enojado: “¡El coche se te metió a ti no a mi!” haciendo alución a que no tenía porque pagar las consecuencias de un problema ajeno.  Lleno de coraje, haciendo caso omiso de lo que me dijo, fingí haber notado que algo pasaba en su vehículo dirigiendo la mirada a su llanta delantera y al mismo tiempo que ponía cara de preocupación y le hacía expresiones de alerta, intentando hacerle creer que algo había sucedido en su coche. La persona se mostró sorprendido por mi reacción y de inmediato disminuyó la velocidad mostrando una cara de preocupación por la posible falla de su coche. Unos segundos después noté que se estaba orillando. Ja ja ja… dije yo. “¡Qué tonto es… cayó en el engaño! ” Y de inmediato aceleré para seguir con mi camino sintiendome orgulloso de haber vencido al rival.

Como podrán imaginar, pasó un poco de tiempo y mi aparente victoria se empezó a transformar en una total derrota interior. Como era de esperarse, mi conciencia se activó de inmediato diciéndome: “¡Que mal José Luis! ¡Fallaste! No tienes nada de que enorgullecerte. Sabes a la perfección que tu actitud no fue la correcta… No debió ser. ¡Cristo no hubiera reaccionado así!” No se gana cuando se vence al rival, sino cuando se vence a uno mismo, y yo me dejé ganar por mi coraje.

Mi conciencia tiene razón. Me equivoqué al fallar en el principio universal por excelencia: ama a tu prójimo como a ti mismo. Aunque hubiera existido una razón aparentemente convincente para hacerlo, a mi no me hubiera gustado que alguien me engañara y me tratara como yo lo hice con la persona del incidente.

A unas cuantas horas del suceso razono lo siguiente:

Si ya había logrado emparejar mi coche junto al del otro señor, y además él bajó su ventanilla para entablar un diálogo conmigo (agresivo si quieren, pero oportunidad de diálogo al fin) lo que me hubiera gustado hacer en lugar de lo que hice  es bajar mi ventana igualmente y… ¡Pedirle perdón! No hubiera importado si la culpa fue mía o de alguien más, pedirle un disculpa por la molestia causada sobreponiéndome a mi coraje hubiera sido lo correcto. Además, haciendo esto,  seguramente también hubiera logrado bajar su nivel de agresión y lo hubiera acercado a entender más mi situación.

Fallé. Punto.

No pude actuar como ahora, ya con calma, hubiera querido.

Lo único que me queda esperar es que mi mentira no le haya provocado a ese amigo un contratiempo mayor. Me siento mal por haber obrado mal.

Pero algo bueno obtengo de este incidente. Estoy contento de saber que mi conciencia está correctamente calibrada. Equivocarse es naturaleza humana, pero reconocer el error propio es consecuencia sólo de haber procurado formar bien la conciencia.

El arrepentimiento es una gracia que Dios concede… es decir, hay que pedirle a Dios que nos permita darnos cuenta del mal que hacemos. Nosotros no nos bastamos para ver lo que debemos de ver (ética), necesitamos ayuda. Así que es Dios, a través de nuestra conciencia, quien nos indica si hemos actuado de acuerdo a su voluntad o no. Así que, hacer caso omiso de lo que  dice tu conciencia (sobre todo a temprana edad) es comenzar a cerrar el medio por medio del cual Dios se vale para indicarnos el camino correcto. Es responsabilidad de cada hombre, cuidar y formar (dar mantenimiento dirían los ingenieros) el medio por el que Dios se comunica con nosotros.

Yo me equivoqué grávemente el día de hoy, ya que le fallé a mi prójimo (le fallé a Cristo). Desearía no haberme comportado como un patán. Sin embargo no me queda más que proponerme fervientemente no volver a dejarme llenar por la ira (un pecad capital) y agradecerle al Señor por habermen regañado.

Cristo, te ofrezco mi arrepentimiento a ti y, como estoy seguro que me lo pedirás cuando me confiese el próximo domingo, al señor del coche también.

Así que envío, aunque se un poco tarde, desde la ventanilla de mi conciencia la siguiente misiva:

“Querido amigo del coche de la mañana, donde quiera que estés… ¡mi más sinceras disculpas!”


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