
Hola, soy José Luis Damián, formador y conferencista de profesión y católico de vocación.
Desde muy temprana edad me ha quedado claro que yo nací para ser dos cosas: formador y católico.
¿Cómo es que lo supe?
Verán….
Uno de los recuerdos más insistentes de mi infancia se remonta a cierta vez que acompañé a mis papás a misa. (Debo reconocer que cuando uno es niño la idea de ir a misa surge más por obligación que por convicción)
Pues bien, estando sentado en las bancas de la Iglesia me dispuse a escuchar lo que sería una ceremonia dominical más en la vida de la familia Damian.
“¡Vamos, démosle prisa a este requisito. En breve empieza el fútbol!” pensaba para mis adentros.
Pero lo que me viene a la memoria de aquel día, no es el hecho de haber ido a misa una vez más, ni mucho menos la ansiedad por salir corriendo a ver en la tv mi deporte favorito, sino el recuerdo de que aquella vez el rito fue algo diferente a lo usual.
En el altar se presentó un sacerdote joven que parecía ser nuevo en la parroquia. No le reconocía a pesar de haber acudido a la misma Iglesia durante prácticamente todos los domingos de mi vida.
“Es nuevo” dijo mi madre “¿Que habrá sucedido con el padre…?” (no recuerdo el nombre del sacerdote que usualmente atendía las misas en esa parroquia antes de aquel día).
El joven pastor era un sacerdote chileno. Lo supimos por que él mismo se presentó amablemente ante los fieles antes de iniciar la liturgia.
“Soy el padre Iván, vengo de Chile y tendré el gusto de incorporarme a los trabajos de esta parroquia a partir de ahora”
Así, la misa dio inicio pero esta vez dirigida por un hombre con ese peculiar acento andino tan característico de quienes vienen de aquella región de sur del continente.
Y fue que llegó el momento de la homilía, esos quince minutos en donde el sacerdote tiene la gran oportunidad de predicar a Cristo con sus propias palabras, y entonces fue que la magia tuvo lugar…
La forma de predicar de aquel sacerdote fue tan cautivadora y enriquecedora que jamás la he podido olvidar.
Recuerdo que fueron 15 minutos de una completa y verdadera evangelización transformadora. Usando palabras coloquiales y anécdotas por demás amenas, aquel hombre me mantuvo cien por ciento atento a cada una de sus palabras. Contando un poco de su vocación, de su experiencia como sacerdote, de lo mucho que en su país importaban los valores y la familia y de cómo encontraba dichos elementos muy similares en el nuestro, Iván nos provocó momentos de risa, otros de estremecimiento y finalmente unos de reflexión profunda.
En especial recuerdo que habló de su familia en Chile, de su madre y de lo mucho que ella había influido en el descubrimiento de su vocación. En su voz pude notar que a ese hombre en verdad le interesaba hablar de Cristo y de lo mucho que le amaba.
Recuerdo también con especial claridad, que aquella fue la primera vez pude poner atención de manera consciente y casi hipnotizante a la palabra de Dios en una homilía.
“Woooow! ¡Que manera de hablar!” pensé yo.
“Nunca me habían presentado a Cristo así. Yo quiero hacer lo mismo que él hace. Quiero transmitir lo mismo que él transmite al hablar de Dios”
Y fue así que decidí que yo podría algún día ser sacerdote…
Quería tener acceso a esos 15 minutos de oratoria cada domingo y aprovecharlos de tal manera que pudiera transformar a las personas de la misma manera en que aquel joven chileno me transformó a mi: “hablando”
ok…ok… tiempo después, entendí que para ser sacerdote se requieren muchos talentos adicionales a la pura capacidad de hablar bien. Así que habiendo discernido esta situación en mi vida, entendí que el sacerdocio no era mi vocación.
Pero a raíz de dicha reflexión vocacional algo me quedó muy en claro: sacerdote tal vez no, pero católico convencido definitivamente si.
Después de dicha experiencia jamas me tuvieron que obligar para ir a misa. Domingo tras domingo (e incluso entre semana) asistía a misa a escuchar las predicaciones del padre Iván… ¡Escucharle hablar era maravilloso!
Tal fue el impacto que Iván tuvo en nuestras vidas, que hasta la fecha él es uno de los mejores amigos de mi familia. Muchas veces le invitamos a comer, le buscamos para dialogar personalmente asuntos importantes, le acompañamos en sus eventos, e incluso le pedimos que nos permitiera conocer a sus parientes chilenos si es que alguna vez llegasen a visitarle en México, lo cual ocurrió en varias ocasiones.
Por supuesto que cuando encontré a la mujer de mi vida, nunca dudé en pedirle que fuera él quien nos casara. Así lo hizo y su homilía en la misa de mi enlace matrimonial hasta la fecha sigue siendo recordada por muchos de los invitados a mi boda.
“¿Quien es ese sacerdote que les habló tan mágicamente a ti y a Candice?” Me preguntaban los invitados al terminar la ceremonia religiosa.
Fue desde que conocí a Jesús a través de aquella experiencia que dediqué mi vida a tratar de dilucidar lo que verdaderamente significa ser católico.
No quería seguir diciendo que mi religión era “Católica” solamente cuando me veía en la necesidad de llenar un formato que me solicitaba especificar mi creencia religiosa.
¡No! Yo quería saber que había verdaderamente detrás del “ser católico“.
Investigando al respecto, lamentablemente me percaté que en el mundo, ser seguidor de Jesús a través de la Iglesia Católica, no es una empresa fácil. Es más, parecería que existe una presión para mantener dicha convicción solo en un ámbito social más que verdaderamente en lo espiritual.
Existen en el mundo muchos católicos que lo son más por herencia familiar que por pleno conocimiento.
En mi país, por ejemplo, se dice que los mexicanos somos Guadalupanos (por el fervor que tenemos a la Virgen de Guadalupe) antes que Católicos, lo cual es un error de principio pues primero se es seguidor de Cristo y luego, en consecuencia, venerador de la Virgen.
Pero debo de reconocer que en parte la culpa de esta postura “light” de muchos católicos la tenemos, de hecho, los mismos católicos, quienes no hemos sabido comunicarle al mundo el valor real de ser miembro de la Iglesia. Más que culpar y condenar el desinterés de quienes no son miembros practicantes y fielmente comprometidos de la religión católica, deberíamos de cuestionar por qué quienes si los somos no hemos logrado convencerles de actuar.
Atendiendo a esta inquietud fue que recordé aquella experiencia con Iván, el sacerdote chileno, y de cómo me habló de tal manera de Cristo que le hizo renacer en mi interior como pocas veces alguien lo había logrado.
Y fue que llegué a la conclusión de que al hablar de Cristo la forma tiene mucho que ver.
Cristo, el mensaje, en sí es perfecto. Ahora solo falta trabajar en el perfeccionamiento de nosotros, los mensajeros, quienes somos los encargados de velar por que el mensaje de salvación llegue integro a su destino: el corazón de todos los hombres.
Fue así que descubrí que la transformación humana era mi verdadera vocación y misión de vida, y lo iba a lograr principalmente haciendo uso de la oratoria, la escritura y la enseñanza.
Saber comunicar y enseñar son, a mi parecer, las artes humanísticas por excelencia.
Los grandes líderes son enormes maestros y comunicadores. Apoyados en la certeza que les da el defender una causa verdadera y justa, entregan por medio de la comunicación efectiva en mensaje que les ha sido revelado.
Y qué decir del orador y formador por excelencia en la historia de la humanidad: Jesucristo. El líder de líderes, el maestro de maestros, aquel por quien miles de hombres han entregado su vida (literalmente)
Amigos…
La Iglesia Católica es poseedora y administradora de un maravilloso mensaje, el más importante e impactante de todos: el del poder del amor.
Pero si además los fieles nos comprometemos en llevar dicho mensaje de las formas más interesantes, divertidas y creativas…
Créanme…
¡Transformaremos la faz de la tierra!
(Más sobre Jose Luis y su labor como entrenador de talento y formador profesional en www.joseluisdamian.com)



