Aprovechando la celebración del año sacerdotal, hoy pido que nuestras oraciones sean por ellos, esos magníficos seres que en su imperfección humana (como la de todos) logran demostrarnos que aún en esa misma fragilidad de hombres sí se puede seguir a Cristo.
Humanos, como tú y como yo. Débiles y fuertes, con sus dudas y sus certezas. Solemos pensar que siempre están ahí, en la Iglesia a la que acudimos cada domingo y se nos olvida que tienen necesidades al igual que todos. Viven y trabajan en el mismo mundo en el que estamos tú y yo. Ven lo que tú ves, escuchan lo que tú escuchas, sienten lo que tú sientes y aún así les exigimos que sean mejores que nosotros. Les pedimos perfección y ejemplo. Y lo aceptan.
Trabajan para el jefe más exigente, aquel que quiere cosechar donde no sembró, pero también el más amoroso, el que da la vida por sus amigos.
El día de hoy mis oraciones van por nuestros amigos sacerdotes, aliados y guías en el camino de nuestra salvación. Pido disculpa si no he orado lo suficiente para contribuir más a la fortaleza de la fe de aquellos que no han perseverado y han fallado. Yo no tengo piedras que aventar pues no estoy libre de pecado.
Este domingo, después de ir a misa, busca acercarte al sacerdote como buscarías acercarte a tu mejor amigo, estrecha su mano y dile: Gracias por su entrega y su fe. Rezaré por su perseverancia.
Eso haré yo, lo prometo.
A nuestros sacerdotes: ¡Jesús está con ustedes siempre!



